Que tus dedos son juncos vacíos, por ellos se escurre el aire. Que mi alma es como un lago desierto, donde no hay ranas que croen ni pájaros que canten.
Me pesa la piel sobre el suelo. Como si ardieran centelleantes hogueras bajo un tumulto de cuerpos sin vida.
¡Recuerda que me he marchado! Grito, y todo carece de sentido. Miro tus ojos sangrando palabras putrefactas.
Mis labios se han cansado del sabor a gasolina. Quiero arrancar. Arrancar las espinas opacas que he clavado en mis pezones. Palpitante corazón cristalizado. Piernas paralizadas que corren más rápido que yo.
Que vuele mi cabeza tan lejos como pueda. Que se olvide de volver. Siempre se me dio mejor bailar bajo la lluvia. Solitaria, tierna y obstinada. Como un borracho que duerme en un banco junto a su perro pulgoso. Sí, eso soy yo, un perro pulgoso. Pues bien, jugaré con mis parásitos. Ellos me hacen compañía. Es mejor que tus silencios, que tus vacíos susurros, huecos de tanto esforzarte por llenarlos de sentido. No habrá telón que cubra los defectos de esta obra. Todo es a cara descubierta. Los puñales atraviesan la carne del público. Me gusta que su sangre me salpique.
Que arda ese fuego que tanto temo. Que se convierta en una parte de mí tan imprescindible como el aire que respiro. Que se fundan los metales de mis sueños.
Que mis dedos son hojas secas, que flotando se escurren por el río. Que tu alma es un espejo empañado. Lágrimas del ave fénix, que tras morir pronto renacen.
domingo, 20 de abril de 2014
miércoles, 5 de marzo de 2014
Me quiero evaporar.
Me quiero evaporar. Dejar de sucumbir en las corrientes marinas que me llevan a tus infinitas caderas. Ser por fin, en esta noche y para siempre, el vaho con el que juegan los enamorados dibujando imperfectos corazones en algún cristal.
Quiero ser la eternidad de una cascada, corriendo, tal vez huyendo, de un presente que le abrasa el alma o de un pasado que nunca más será.
Comenzar un viaje sin destino. Poniendo un pie sobre el otro, pues así empecé a caminar. Cayendo, que uno no aprende a levantarse hasta que da con la frente en el árido suelo. Recordando, pues soy mi ayer tanto como cada glóbulo rojo, como mis ojos grises, como mi alma negra.
Ser un poco catastrófica, leer mis sonrisas encriptadas en cristales mugrientos. Pasar un paño, olvidar el dolor. Hacer con las pieles muertas un abrigo que me cubra del frío de mi propia ausencia. Escribir las palabras que conforman mi silencio. Encadenar a mi pequeño angelito, dejar que el diablillo sea quien guíe mis épicas batallas.
Saber que la sangre cubrió mi pútrido pecho. Nácar empapado de carmesí violento. Mirarte a los ojos, marchitos y perdidos en algún lugar desconocido. Reencontrarme con los miles de millones de cajas que guardé hace tantos milenios. Cajas repletas de valores olvidados, de ternuras distorsionadas, de desnudez embriagadora.
Ser la niña que juega en el columpio. Sentir vibrar en mi cráneo mis tajantes carcajadas. Soñar de esa manera tan pura. No creerme olvidada.
Jugar a descubrirme, a vestirme con el odioso traje de los domingos. A chocar mis zapatos mágicos, a encender una luz diminuta en el pasillo.
Inventar un jardín cubierto de flores. Cazar luciérnagas en él.
Enfrascar mis pensamientos en los tarros de la mermelada. Catalogarlos, pero no olvidarlos.
Volver a pisar los senderos prohibidos. Maldecir al invierno. Quererlo todo contigo, no querer nada. Cubrirme de gloria con mis abismales fracasos. Mirar al pozo sin fondo del abismo, ser parte de él. A veces es justo recrearse en las propias inmundicias.
Radicalizar mis ganas de estar viva. No dejar que mis manos me limiten. Decir con los párpados lo que mis labios no pronuncian. Gritar lo que un día partió mi pecho. Sollozar de alegría. Reconocer que las cosas pueden ir mejor. Saber que no te necesito, pero te quiero. Que respiro un aire contaminado por las malditas Parcas. Que son sus huesudas manos quienes decidirán mi destino. Y admitir que un día caeré, como cayeron otros tantos antes de mí. Pero querer hasta entonces agotar los recursos, sentir mariposas metamorfoseando en mis dedos. Utilizar sus capullos como armas arrojadizas.
Pelear. Que nadie merece el castigo del desprecio.
Edificar. Lejos del mar, que rompe con sus olas recuerdos de mi infancia. Cerca del desierto. Para que nazcan de mis ojos oasis inventados. Ser única entre infinitos granos de arena. Convertirme en un cactus para pinchar con mis púas al aire. Él tuvo la culpa.
Evaporarme. Para alejarme de lo que me hizo fuerte. Para poder contemplar el mundo desde una nueva perspectiva. Volar sobre las cabezas de todos aquellos que nunca supieron que existía. Y finalmente, mojar el rostro de los que me echarán de menos. Esa sería mi última caricia. Sutil y pura. Como un beso bajo la luz de la luna. Como pronunciar un adiós definitivo.
Quiero ser la eternidad de una cascada, corriendo, tal vez huyendo, de un presente que le abrasa el alma o de un pasado que nunca más será.
Comenzar un viaje sin destino. Poniendo un pie sobre el otro, pues así empecé a caminar. Cayendo, que uno no aprende a levantarse hasta que da con la frente en el árido suelo. Recordando, pues soy mi ayer tanto como cada glóbulo rojo, como mis ojos grises, como mi alma negra.
Ser un poco catastrófica, leer mis sonrisas encriptadas en cristales mugrientos. Pasar un paño, olvidar el dolor. Hacer con las pieles muertas un abrigo que me cubra del frío de mi propia ausencia. Escribir las palabras que conforman mi silencio. Encadenar a mi pequeño angelito, dejar que el diablillo sea quien guíe mis épicas batallas.
Saber que la sangre cubrió mi pútrido pecho. Nácar empapado de carmesí violento. Mirarte a los ojos, marchitos y perdidos en algún lugar desconocido. Reencontrarme con los miles de millones de cajas que guardé hace tantos milenios. Cajas repletas de valores olvidados, de ternuras distorsionadas, de desnudez embriagadora.
Ser la niña que juega en el columpio. Sentir vibrar en mi cráneo mis tajantes carcajadas. Soñar de esa manera tan pura. No creerme olvidada.
Jugar a descubrirme, a vestirme con el odioso traje de los domingos. A chocar mis zapatos mágicos, a encender una luz diminuta en el pasillo.
Inventar un jardín cubierto de flores. Cazar luciérnagas en él.
Enfrascar mis pensamientos en los tarros de la mermelada. Catalogarlos, pero no olvidarlos.
Volver a pisar los senderos prohibidos. Maldecir al invierno. Quererlo todo contigo, no querer nada. Cubrirme de gloria con mis abismales fracasos. Mirar al pozo sin fondo del abismo, ser parte de él. A veces es justo recrearse en las propias inmundicias.
Radicalizar mis ganas de estar viva. No dejar que mis manos me limiten. Decir con los párpados lo que mis labios no pronuncian. Gritar lo que un día partió mi pecho. Sollozar de alegría. Reconocer que las cosas pueden ir mejor. Saber que no te necesito, pero te quiero. Que respiro un aire contaminado por las malditas Parcas. Que son sus huesudas manos quienes decidirán mi destino. Y admitir que un día caeré, como cayeron otros tantos antes de mí. Pero querer hasta entonces agotar los recursos, sentir mariposas metamorfoseando en mis dedos. Utilizar sus capullos como armas arrojadizas.
Pelear. Que nadie merece el castigo del desprecio.
Edificar. Lejos del mar, que rompe con sus olas recuerdos de mi infancia. Cerca del desierto. Para que nazcan de mis ojos oasis inventados. Ser única entre infinitos granos de arena. Convertirme en un cactus para pinchar con mis púas al aire. Él tuvo la culpa.
Evaporarme. Para alejarme de lo que me hizo fuerte. Para poder contemplar el mundo desde una nueva perspectiva. Volar sobre las cabezas de todos aquellos que nunca supieron que existía. Y finalmente, mojar el rostro de los que me echarán de menos. Esa sería mi última caricia. Sutil y pura. Como un beso bajo la luz de la luna. Como pronunciar un adiós definitivo.
lunes, 10 de febrero de 2014
Vivir cerca del cielo.
Sería bueno vivir
cerca del cielo,
donde mi corazón
vuelva a latir.
Donde mis huesos
nunca más sientan
el frío de tu ausencia.
Sería bueno vivir
junto a las nubes,
donde tu aire y el mío
sean uno solo.
Para poder soñar
con el invierno,
con tus manos,
con tu amor.
Sería bueno vivir
cerca del cielo.
Porque allí
no son necesarias
las mentiras,
no se juzga el dolor,
no existe el miedo.
cerca del cielo,
donde mi corazón
vuelva a latir.
Donde mis huesos
nunca más sientan
el frío de tu ausencia.
Sería bueno vivir
junto a las nubes,
donde tu aire y el mío
sean uno solo.
Para poder soñar
con el invierno,
con tus manos,
con tu amor.
Sería bueno vivir
cerca del cielo.
Porque allí
no son necesarias
las mentiras,
no se juzga el dolor,
no existe el miedo.
miércoles, 22 de enero de 2014
Ojalá la lluvia sonara más fuerte.
Siempre me he considerado un tipo extraño. Como si tuviera un "superpoder" para olvidar las cosas casi al segundo de que hayan sucedido. Es cierto, tal vez esté exagerando. No las olvido, pero me he dado cuenta a lo largo de los años, de que mi mente almacena los instantes de una manera distinta a la del resto de personas; Yo no recuerdo los colores de las casas, la colocación de las prendas de los escaparates o las caras felices de los transeúntes... cuando quiero adentrarme en un momento del pasado tengo que reinventarlo. Sí, ciertamente recuerdo las sensaciones: mis manos sudorosas, mi alegría, mi tristeza... pero nada más. Técnicamente esto se resume en tres palabras: PÉSIMA MEMORIA VISUAL.
Pero, en noches como esta, grises, de cielo encapotado, la lluvia trae consigo recuerdos (más bien sensaciones) que me erizan el vello y me hacen sonreír.
Es curioso... cuando era un niño, todos mis amigos huían de la lluvia, de los truenos y las tormentas. Pero yo... ¡Oh Dios mío! ¡Yo las adoraba! Me relajaban, me hacían sentir feliz conmigo mismo. Metía mi cuerpecito bajo las sábanas y jugaba con un par de viejos muñecos. Allí, con la lluvia cayendo tras el cristal, sucedía todo cuanto yo quisiera, por una noche cualquier cosa era posible. Jugaba despreocupado hasta que, finalmente, mis ojos se cerraban sin remedio.
Han pasado ya unos cuantos años, y tal vez sea por los millones de viajes que hice con mi padre en aquel coche gris, pero sentir la lluvia golpeando en el cristal de mi seat, me hace sentir nostálgico.
El limpiaparabrisas arrastra las gotas, del mismo modo que tantas otras veces mi mente arrastra mis recuerdos. Pero hoy, con los calcetines tan mojados como los de un chiquillo que chapotea en cada charco, dormiré plácidamente. De nuevo será mi cama la que se haga cómplice de mis felices sueños. Sueños de la infancia, de una niñez dulce casi olvidada. Sueños que me transporten de nuevo a la ilusión de tener un anillo mágico que todo lo pueda. Sueños que, al amanecer, no se evaporen con el sol.
El limpiaparabrisas arrastra las gotas, del mismo modo que tantas otras veces mi mente arrastra mis recuerdos. Pero hoy, con los calcetines tan mojados como los de un chiquillo que chapotea en cada charco, dormiré plácidamente. De nuevo será mi cama la que se haga cómplice de mis felices sueños. Sueños de la infancia, de una niñez dulce casi olvidada. Sueños que me transporten de nuevo a la ilusión de tener un anillo mágico que todo lo pueda. Sueños que, al amanecer, no se evaporen con el sol.
Ojalá la lluvia sonara más fuerte. Para cerrar los ojos y que fuera lo único que mis oídos percibieran. Para que fuéramos uno durante esta noche y entonces ella velaría mis sueños como ya lo ha hecho tantas otras veces.
Ojalá la lluvia sonara más fuerte.
sábado, 18 de enero de 2014
El cambio II.
CAPÍTULO II
A primera hora llegó la enfermera. Le pinchó en la barriga,
dedicándole al tiempo un par de palabras amables. Cuando terminó le hizo
respirar durante unos minutos por una mascarilla. Y se fue.
Él trató de zafarse de tan molesto aparato. Angustiado, perdido. Yo procuré tranquilizarle, aunque no obtuve resultados hasta pasado un largo rato.
Él trató de zafarse de tan molesto aparato. Angustiado, perdido. Yo procuré tranquilizarle, aunque no obtuve resultados hasta pasado un largo rato.
El resto de la mañana pasó sin demasiado que contar. El
tiempo se esfumaba mientras la tarjeta de la televisión se consumía. Noté que
las pastillas empezaron a hacer efecto sobre mi padre cuando le oí roncar. Los
fuertes tranquilizantes que le daban le mantuvieron sedado prácticamente todo
el día.
Se acercaba la hora de comer cuando sus ojos se cruzaron con
los míos. Me preguntó casi en un susurro si no tenía clase. Aquellas palabras
me estremecieron. Recordé con total claridad el fatídico día. Era como viajar
en el tiempo. De nuevo estaba en mi casa, corriendo vivaz de un lado a otro. Mi
padre, sentado en una silla en la cocina, volvía a preguntarme si comería en
casa. Sonriente le dije que sí. Contemplé en su profunda mirada la desolación
del que sabe que algo va mal. Me miró y repitió su pregunta como si
desconociera la respuesta. Quise no darle importancia, pero sabía que la tenía.
Pasado un minuto formuló por tercera vez la disyuntiva.
Le pregunté, aparentando normalidad, si le sucedía algo.
Le pregunté, aparentando normalidad, si le sucedía algo.
-Hija, me quiero morir.-Me dijo mirándome a los ojos.- No sé
para qué estoy viviendo.
La necesidad imperiosa de llorar azotó sin compasión cada
centímetro de mi cuerpo. Aún no podría explicar cómo, pero conseguí
controlarlo. Sustituí el amargo llanto por una sonrisa burlona.
-¡Anda ya!-Le contesté casi riendo.-Estás aquí para hacerme
compañía. ¿Qué haría yo sin ti? ¡Aburrirme!
Me acerqué entonces y le besé con dulzura. Él no tuvo
fuerzas ni para devolverme el gesto.
Salí de la cocina como si el suelo me quemara los pies.
Sentada en una silla, alejada de él, lloré por un instante. El miedo saturó mi
cerebro, lo carcomió como si se tratase de miles de termitas. Mi sangre,
helada, quiso dejar de regar mi cuerpo. Me levanté. No quería dejarle solo. Y nuevamente
a su lado procuré ayudarle en todo, siendo consciente de que algo le había
robado las fuerzas.
Volví a la habitación de hospital en la que estaba
mi padre. Recordé que me había preguntado si podría quedarme con él.
-No tengo clase hoy, me quedo contigo. ¿O prefieres que me
vaya?-Le dije con el mismo tono burlón que había utilizado aquel día en mi
cocina.
-Claro que no, hija. Pero no faltes a la universidad por
mí.-Añadió él.
Noté en su voz que se esforzaba por complacerme. Por
mantener, muy de vez en cuando, alguna conversación conmigo. Se quedaba dormido cada cierto tiempo, y
cuando abría los ojos me sonreía sin demasiado empeño.
Trajeron a la habitación otra bandeja idéntica a la de la
noche anterior. Esta vez la comida era distinta, pero seguía siendo igual de
insípida. Le ayudé a comerse lo poco que quiso. Después, recogí los restos y lo
dejé en la misma mesita con ruedas.
Sumergida de pleno en aquella inmensidad anodina oí de fondo
cómo picaban a la puerta. Entró sin esperar respuesta mi madre. Llegaba del
trabajo y aunque sólo disponía de una hora antes de tener que volver a la
oficina, quería ver cómo evolucionaba su marido. Le acarició mientras él
dormía. Y allí, tratando de hacerme más llevadera la mañana, se pasó casi la
hora entera charlando de cualquier cosa conmigo. Se despidió de nosotros
prometiendo volver por la tarde. Me dejó en el sofá los mismos crucigramas que
ella rellenó la noche anterior y se fue.
Las siguientes horas las pasé pensando en mi madre. En cómo
nuestra vida había cambiado. En su fortaleza. Lo cierto es que estaba
destrozaba. Tenía el mismo miedo que yo, y su situación era mucho más
complicada que la mía.
En casa la vida no era mucho más amena. Pasábamos
algunos ratos juntas, pero por mucho que lo intentásemos no conseguíamos alejar
nuestras mentes del hospital. Vivíamos a medio gas entre ambos lugares.
De nuevo por la noche se repetía la misma historia. Aunque
mi progenitor pertenecía cada vez más al mundo onírico.
Pasaron así diez largos días con sus diez terribles noches.
En todas ellas abundaron la medicación, los tranquilizantes y las bandejas
grises. Y mientras nosotras esperábamos que un día mi padre se levantase
recuperado, él pasaba los días tumbado más lejos de aquel lugar de lo que
muchos imaginábamos.
jueves, 16 de enero de 2014
"Autodescripción".
Me gusta la ropa. Me gusta verla toda revuelta, formando una pila inmensa de cientos de colores. Siempre hay más prendas en el suelo de mi cuarto que en el propio armario.
Me muerdo las uñas. En particular, y de un tiempo a esta parte, las del dedo corazón de la mano izquierda. Lo sé, no tiene sentido. Pero encuentro sumo placer en despedazarla, oír el rotundo ¡CRASH! que hace entre mis dientes. Después juego, meticulosamente, a despellejarme el resto del dedo. Y, eso sí, una vez que empiezo ya no paro.
Adoro chupar la tinta de los subrayadores. Siempre sentí curiosidad por experimentar el sabor de los colores. Eso es sin duda, lo más cerca que he estado de lograrlo.
No soporto que la gente arrastre los pies. Pero según el día, yo misma dejo que no se levanten del suelo.
Me ponen nerviosa millones de millones de millones de cosas. Detalles insignificantes, nimios, que no obedecen a ninguna lógica.
Amo, por encima de todas las cosas, a mi infinito desorden. En el fondo de la pila de cosas que vive sobre mi escritorio, suelo encontrar cosas olvidadas, tesoros al fin y al cabo.
Del mismo modo que lo amo, lo odio hasta límites insospechados. Una vez cada cierto tiempo, (una al año no hace daño), me agobia verlo todo tirado. Me pongo a recoger, pero en ese mismo instante ¡Oh, sorpresa! ya no me estresa en absoluto.
En efecto, también soy un poco vaga.
Te habrás dado cuenta, querido lector, a lo largo de este texto, del sinfín de rarezas que hay en mí. Y debo decir a mi favor que me estoy REINVENTANDO. Reinvento la forma de ser desordenada, caótica y maniática. Mejor dicho, reinvento la manera de aceptarlo y saber que es gracias a ello por lo que soy como soy: Un torbellino desastroso.
Me muerdo las uñas. En particular, y de un tiempo a esta parte, las del dedo corazón de la mano izquierda. Lo sé, no tiene sentido. Pero encuentro sumo placer en despedazarla, oír el rotundo ¡CRASH! que hace entre mis dientes. Después juego, meticulosamente, a despellejarme el resto del dedo. Y, eso sí, una vez que empiezo ya no paro.
Adoro chupar la tinta de los subrayadores. Siempre sentí curiosidad por experimentar el sabor de los colores. Eso es sin duda, lo más cerca que he estado de lograrlo.
No soporto que la gente arrastre los pies. Pero según el día, yo misma dejo que no se levanten del suelo.
Me ponen nerviosa millones de millones de millones de cosas. Detalles insignificantes, nimios, que no obedecen a ninguna lógica.
Amo, por encima de todas las cosas, a mi infinito desorden. En el fondo de la pila de cosas que vive sobre mi escritorio, suelo encontrar cosas olvidadas, tesoros al fin y al cabo.
Del mismo modo que lo amo, lo odio hasta límites insospechados. Una vez cada cierto tiempo, (una al año no hace daño), me agobia verlo todo tirado. Me pongo a recoger, pero en ese mismo instante ¡Oh, sorpresa! ya no me estresa en absoluto.
En efecto, también soy un poco vaga.
Te habrás dado cuenta, querido lector, a lo largo de este texto, del sinfín de rarezas que hay en mí. Y debo decir a mi favor que me estoy REINVENTANDO. Reinvento la forma de ser desordenada, caótica y maniática. Mejor dicho, reinvento la manera de aceptarlo y saber que es gracias a ello por lo que soy como soy: Un torbellino desastroso.
La noche.
El humo aún no se ha disipado. El cigarro parece disfrutar agonizando. El intenso olor a tabaco lo ocupa todo.
Los ronquidos de ella, a lo lejos, se confunden con el llanto de un vagabundo.
La relativa tranquilidad vuelve a cubrirlo todo, como cada noche. Cuando los rayos del Sol se entremezclen con su pelo, volverán el tedio y los gruñidos.
Palpita en mi pecho un quizás hondo, un quizás ficticio. Enmarañadas las palabras dando vueltas por mi mente.
Tristes las baldosas que chirrían pesarosas.
De nuevo sus ronquidos. Ahora parecen gruñidos de alimaña. Aprecio el tic tac del reloj de cuco.
Ya son las tres. La madrugada siempre me arropa con su manto. Parece mentira que, siendo mi amiga, se ría burlona de tan aciago insomnio.
Cierro los ojos. Saboreo la menta de mi pasta de dientes.
Tabaco, ronquidos. Eso es todo.
Los ronquidos de ella, a lo lejos, se confunden con el llanto de un vagabundo.
La relativa tranquilidad vuelve a cubrirlo todo, como cada noche. Cuando los rayos del Sol se entremezclen con su pelo, volverán el tedio y los gruñidos.
Palpita en mi pecho un quizás hondo, un quizás ficticio. Enmarañadas las palabras dando vueltas por mi mente.
Tristes las baldosas que chirrían pesarosas.
De nuevo sus ronquidos. Ahora parecen gruñidos de alimaña. Aprecio el tic tac del reloj de cuco.
Ya son las tres. La madrugada siempre me arropa con su manto. Parece mentira que, siendo mi amiga, se ría burlona de tan aciago insomnio.
Cierro los ojos. Saboreo la menta de mi pasta de dientes.
Tabaco, ronquidos. Eso es todo.
El cambio.
CAPÍTULO I
Titilaba, a lo lejos, un triste alcornoque. El aire movía
sus hojas y chocaba con vigor contra las ventanas de aquel gris hospital.
Siempre me había preguntado, al pasar junto al aparcamiento
de cualquier clínica, qué tipo de patología sufrirían los propietarios de los
cientos de automóviles que dormían impacientes sobre el asfalto.
Las ventanas lucían. Como gritándole al mundo las historias
de sus fugaces ocupantes. Y mientras tanto, al otro lado de la carretera, los
coches pasaban impasibles, veloces. Obviando tan evidente llamada.
Yacía sobre una cama gélida mi padre. Sentada junto a él, mi
madre. Ambos parecían alejados del mundo que les rodeaba. Habían creado, sin
darse cuenta, un universo paralelo. Por desgracia, el suyo estaba cargado de
tristeza.
Los ojos de mi padre lloraban sin lágrimas. Miraban al
infinito, como si quisieran volar mucho más lejos de lo que su ajado cuerpo podía
permitirse. Los médicos aseguraban que era imposible que mi progenitor
recordase en unos meses, todo lo que estaba sucediendo. La idea, por supuesto,
me horrorizaba. Temblé durante unos segundos al oír a mi madre susurrar tan
mala noticia. Lo hice aún más, al comprobar que aquel nuevo hombre, tumbado
sobre la cama, conseguía con pasmosa facilidad hacer caso omiso a todo cuanto
sucedía en la habitación.
Era la primera noche que iba a visitarle. Oscurecía pronto,
demasiado para mi gusto, y las horas en que la luz del sol se negaba a
iluminarnos se prolongaban tanto que resultaba angustioso.
La bandeja de la cena reposaba sobre la mesita con ruedas que había justo a la diestra de la cama. Era gris, como todo en aquella prisión curativa. Sonreí con desdén cuando leí, escrito a mano sobre el papel con el menú, el nombre de mi padre. Quise pensar que este detalle era un intento por humanizar más el duro trance. Lo cierto es que estaba segura de que no era sino una manera de distinguir a qué habitación debían llevar aquella montaña de comida insípida.
La bandeja de la cena reposaba sobre la mesita con ruedas que había justo a la diestra de la cama. Era gris, como todo en aquella prisión curativa. Sonreí con desdén cuando leí, escrito a mano sobre el papel con el menú, el nombre de mi padre. Quise pensar que este detalle era un intento por humanizar más el duro trance. Lo cierto es que estaba segura de que no era sino una manera de distinguir a qué habitación debían llevar aquella montaña de comida insípida.
Por suerte no había compañero. La verdad es que prefería
vivir la enfermedad de mi padre de una manera íntima y personal. No quería
intrusos que pudieran robarme tan trágico recuerdo.
Les miré. Ella hacía crucigramas. Él miraba sin demasiado
interés un programa de la televisión. Me senté de manera sigilosa frente a
ellos, en aquel incómodo sofá. Les contemplé durante unos segundos, aceptando
la abismal caída. Supe entonces que sería la primera noche de muchas.
Reí, reí todo lo alto que pude, de una forma tal vez
forzada. Tratando de irrumpir por un instante en los pensamientos de mis
progenitores. -¡NO ESTÁIS SOLOS! gritaban mis carcajadas. Y de alguna manera,
ambos supieron comprenderlo.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Y si este dolor...
Y si este dolor se queda conmigo, que sea para siempre. Que me haga sentir humana, viva. Que poco a poco haga florecer en mi alma capullos de amapola.
Y si este dolor marchita mi jardín, que no pierda la esperanza. El sol iluminará aquel suelo colmado de lágrimas y de nuevo brotarán mis flores rojas.
lunes, 26 de agosto de 2013
Hacía tanto tiempo que no tenía una noche como esta... De esas en las que la cal te come los huesos y sientes el frío taladrándote el cerebro.
Quizás he estado muy equivocada todo este tiempo. Se me reprochan cosas que hacen que mi corazón sangre. Sangra de nostalgia, de miedo, de rabia. Quiere salirse y dejarme colgada.
No quiero que dejes de quererme. Lo cierto es que mi alma te necesita. Cuando tus ojos gritaron ese rotundo "hasta pronto", te llevaste un pedazo de mí. Algo íntimo, frágil, efímero. Me pregunto cuándo volverá a pertenecerme. Es cierto que esto lo he vivido antes. Que mis lágrimas me han envuelto anteriormente, haciendo a mi alrededor una película cristalina de angustia y sinsabores, y que en aquellas antiguas ocasiones, también me desprendí de mis entrañas.
Hoy mi dolor me acompaña. Es como el papel craft, marrón reciclaje, con el que envuelve mi abuela los regalos. Algo palpable pero gélido, impersonal, vacío.
Y me hago de nuevo una bola. Quiero dejarme rodar, rodar por un pasado en el que no me odiaba, en el que mis manos escribían con ingenuo frenesí. Me pregunto qué hago aquí, a dónde voy. Y no puedo responder a mis innumerables cuestiones. No hay respuesta. No la hay.
Tal vez tuve que aprender, hace ya muchísimos años, a vivir sola, a no necesitar nada más. Eso me haría más libre y mucho menos esclava de todo aquello que he creído que me hacía bien. Lo cierto es que hoy, 26 de agosto del año 2013, no soy aquella risueña muchacha que siempre tenía un minuto para sí misma. Al mirar mi reflejo, decrépito y desmejorado, comprendo que me hace falta el cariño que antes palpitaba en mis labios.
-¿Dónde estás?-Pregunté.
-Aquí.-Respondió. Y agachando la cabeza, añadió...-No sé por cuánto tiempo.
Quizás he estado muy equivocada todo este tiempo. Se me reprochan cosas que hacen que mi corazón sangre. Sangra de nostalgia, de miedo, de rabia. Quiere salirse y dejarme colgada.
No quiero que dejes de quererme. Lo cierto es que mi alma te necesita. Cuando tus ojos gritaron ese rotundo "hasta pronto", te llevaste un pedazo de mí. Algo íntimo, frágil, efímero. Me pregunto cuándo volverá a pertenecerme. Es cierto que esto lo he vivido antes. Que mis lágrimas me han envuelto anteriormente, haciendo a mi alrededor una película cristalina de angustia y sinsabores, y que en aquellas antiguas ocasiones, también me desprendí de mis entrañas.
Hoy mi dolor me acompaña. Es como el papel craft, marrón reciclaje, con el que envuelve mi abuela los regalos. Algo palpable pero gélido, impersonal, vacío.
Y me hago de nuevo una bola. Quiero dejarme rodar, rodar por un pasado en el que no me odiaba, en el que mis manos escribían con ingenuo frenesí. Me pregunto qué hago aquí, a dónde voy. Y no puedo responder a mis innumerables cuestiones. No hay respuesta. No la hay.
Tal vez tuve que aprender, hace ya muchísimos años, a vivir sola, a no necesitar nada más. Eso me haría más libre y mucho menos esclava de todo aquello que he creído que me hacía bien. Lo cierto es que hoy, 26 de agosto del año 2013, no soy aquella risueña muchacha que siempre tenía un minuto para sí misma. Al mirar mi reflejo, decrépito y desmejorado, comprendo que me hace falta el cariño que antes palpitaba en mis labios.
-¿Dónde estás?-Pregunté.
-Aquí.-Respondió. Y agachando la cabeza, añadió...-No sé por cuánto tiempo.
domingo, 28 de julio de 2013
Él.
Él rozó mis labios. Hizo brotar de mis entrañas altos
cipreses evocadores de la muerte, dulces jazmines, de penetrante olor.
Él tiñó de carmín mi pétrea boca. Vomitó su sangre para
hacer latir mi corazón.
Yo, encorvada y arrugada, le vi llegar desde lejos. Quise erguirme mas, no pude. Y recostada sobre
el gélido, vano y despiadado pecho de la muerte, esperé sentir, por última vez,
sus labios.
Él rozó mis labios. Tocó con las puntas de sus dedos aquel corazón marchito que, desde hacía ya demasiados años, ocupaba un hueco inútil en mi pecho.
Yo, encorvada y arrugada, le vi llegar desde lejos. Quise erguirme mas, no pude. Y recostada sobre el gélido, vano y despiadado pecho de la muerte, esperé sentir, por última vez, sus labios.
Noté en ese momento el calor de sus ojos escupiendo fuego. Me hablaban sus pupilas, suplicando al cielo un minuto de silencio. En la pulcritud del eterno susurro del viento dejó nadar, sin demasiado esmero, palabras inaudibles que pronto germinaron en mí. Cuando quise volar, fundirme con el cielo, los habitantes del mundo vieron, al fin, el maravilloso jardín botánico que poblaba mi alma.
miércoles, 20 de febrero de 2013
La búsqueda.
Ocurre, en ocasiones, que el dolor se instala en nuestro corazón. Forma, entonces, parte íntegra del propio yo, y enturbiando las titilantes imágenes del ayer, clava gélidos puñales en lugares estratégicos.
Sucede, al sucumbir al amargo llanto, que nada nos conmueve, el mundo se cubre de gris y, apagándose al fin, el brillo fulgoroso del Astro Rey, todo es efímero, todo perece ante nosotros.
Enjugando lágrimas de óxido, expulsan fuego nuestros dos fieros dragones; tan capaces de herir al extraño, como de hacer arder su muerto corazón.
Entonces, cuando ya parece la vida terminada…. aparecen dos ojos amigos, que, secando tu dolor, hacen de tus días algo mejor.
Aunque…. ha de ser uno altamente selectivo al cruzar su mirada con los demás. Pues, debemos considerar que hay, esparcidos por el mundo, millones de corazones grises, opacos, casi mortecinos. Y ellos nunca podrán devolvernos el antiguo brillo, ya que han sido incapaces de encontrarlo en su recorrido.
En ocasiones se tardan años en encontrar al par de ojos adecuado. La mayoría de las veces, cegados por la ira y el dolor, tenemos siempre delante a nuestro “salvador”, y somos incapaces de reconocerlo. Estas personas únicas, cubiertas por un manto de incógnita, podrían ser para los demás, entes insignificantes… y ser capaces de encender el alma de una zona persona en el Planeta Tierra.
Todos, en lo más profundo de nuestro corazón, buscamos a este “QUIÉN” a lo largo de nuestra vida. Los días son lánguidos e insoportables durante la búsqueda. Algunos no saben lo que quieren encontrar, y caminan sin rumbo allá donde les llevan sus
pies.
Hay momentos en que creemos haberlo hallado. Y la decepción es abismal al comprender, finalmente, que el camino no ha hecho más que comenzar. Entonces, cubiertos por el temor a no encontrar jamás nuestro destino, comenzamos a proyectar nuestras expectativas en el primero que nos tiende la mano. Sucede que, creyendo nuestra felicidad cierta, dejamos que el tiempo se escape entre los dedos. Pero, por fortuna, tarde o temprano, perdemos la venda que nos ha impedido ver la realidad. Y al entender la situación, continuamos caminando en busca del verdadero motivo de nuestros pasos.
Lejano queda aquel angosto dolor. Alcanzamos poco a poco, una felicidad pausada. Y, una mañana… al mirarnos en el espejo, encontramos reflejadas las respuestas que tanto perseguimos. Allí estuvieron todo el tiempo los dos ojos perfectos: los tuyos. Al fin ríes con una sonora y franca carcajada.
Dedicas desde entonces toda tu vida a comprenderte. A crecer como persona. Y te reprochas en las noches más oscuras haber necesitado aquel rotundo dolor para emprender tu viaje. Creyendo que tal vez, podrías haberte ahorrado aquellas amargas lágrimas. Asumes, a la mañana siguiente, que las mejores cosas de la vida se aprenden caminando, y que las heridas causadas en tan largo viaje, no son más que marcas que siempre te recordarán quien eres. Ya no lamentas nada, de nada te arrepientes.
Ocurre, sin lugar a dudas, que el dolor vuelve a instalarse en nuestro corazón. Pero, en esta ocasión, se trata de una visita fugaz. Es un dolor distinto… ya no hay gélidos puñales en tu alma. Has aprendido a equilibrar la balanza entre la felicidad y el llanto.
Sucede que ya nunca olvidas tus dos dragones fulgurosos brillando frente al espejo. Curando con sus lenguas de fuego todas las heridas de tu corazón.
Sucede, al sucumbir al amargo llanto, que nada nos conmueve, el mundo se cubre de gris y, apagándose al fin, el brillo fulgoroso del Astro Rey, todo es efímero, todo perece ante nosotros.
Enjugando lágrimas de óxido, expulsan fuego nuestros dos fieros dragones; tan capaces de herir al extraño, como de hacer arder su muerto corazón.
Entonces, cuando ya parece la vida terminada…. aparecen dos ojos amigos, que, secando tu dolor, hacen de tus días algo mejor.
Aunque…. ha de ser uno altamente selectivo al cruzar su mirada con los demás. Pues, debemos considerar que hay, esparcidos por el mundo, millones de corazones grises, opacos, casi mortecinos. Y ellos nunca podrán devolvernos el antiguo brillo, ya que han sido incapaces de encontrarlo en su recorrido.
En ocasiones se tardan años en encontrar al par de ojos adecuado. La mayoría de las veces, cegados por la ira y el dolor, tenemos siempre delante a nuestro “salvador”, y somos incapaces de reconocerlo. Estas personas únicas, cubiertas por un manto de incógnita, podrían ser para los demás, entes insignificantes… y ser capaces de encender el alma de una zona persona en el Planeta Tierra.
Todos, en lo más profundo de nuestro corazón, buscamos a este “QUIÉN” a lo largo de nuestra vida. Los días son lánguidos e insoportables durante la búsqueda. Algunos no saben lo que quieren encontrar, y caminan sin rumbo allá donde les llevan sus
pies.
Hay momentos en que creemos haberlo hallado. Y la decepción es abismal al comprender, finalmente, que el camino no ha hecho más que comenzar. Entonces, cubiertos por el temor a no encontrar jamás nuestro destino, comenzamos a proyectar nuestras expectativas en el primero que nos tiende la mano. Sucede que, creyendo nuestra felicidad cierta, dejamos que el tiempo se escape entre los dedos. Pero, por fortuna, tarde o temprano, perdemos la venda que nos ha impedido ver la realidad. Y al entender la situación, continuamos caminando en busca del verdadero motivo de nuestros pasos.
Lejano queda aquel angosto dolor. Alcanzamos poco a poco, una felicidad pausada. Y, una mañana… al mirarnos en el espejo, encontramos reflejadas las respuestas que tanto perseguimos. Allí estuvieron todo el tiempo los dos ojos perfectos: los tuyos. Al fin ríes con una sonora y franca carcajada.
Dedicas desde entonces toda tu vida a comprenderte. A crecer como persona. Y te reprochas en las noches más oscuras haber necesitado aquel rotundo dolor para emprender tu viaje. Creyendo que tal vez, podrías haberte ahorrado aquellas amargas lágrimas. Asumes, a la mañana siguiente, que las mejores cosas de la vida se aprenden caminando, y que las heridas causadas en tan largo viaje, no son más que marcas que siempre te recordarán quien eres. Ya no lamentas nada, de nada te arrepientes.
Ocurre, sin lugar a dudas, que el dolor vuelve a instalarse en nuestro corazón. Pero, en esta ocasión, se trata de una visita fugaz. Es un dolor distinto… ya no hay gélidos puñales en tu alma. Has aprendido a equilibrar la balanza entre la felicidad y el llanto.
Sucede que ya nunca olvidas tus dos dragones fulgurosos brillando frente al espejo. Curando con sus lenguas de fuego todas las heridas de tu corazón.
lunes, 17 de diciembre de 2012
Concierto.
El lamento del contrabajo flotaba lento y grave por toda la sala. Podría decirse que era el instrumento al que nadie prestaba nunca atención, en cambio sus largas notas se prolongaban en el espacio y en el tiempo posándose suavemente en los oídos del público expectante.
Una pareja de violines tensaba sus cuerdas enamorada. Como si de dos tórtolos se tratara, jugaban a contemplarse, a hablarse, a reír. Se susurraban palabras en clave que sólo ellos comprendían. Su cántico melodioso, su afinidad, constituían una esfera aparte, un mundo paralelo en el que los violines pueden desnudarse nota a nota, mirarse ruborizados y hacer, por primera vez, el amor.
El violoncelo, de estatura media y voz dulce y grave a la par, disfrutaba la estampa un tanto apenado dejando entrever en la melodía alguna que otra triste nota solitaria. Sus cuerdas se movían tan rápido como si el viento las agitase una a una en la más gélida de las mañanas de diciembre. Pero él, armado de valor, retomaba su tono grave y profundo, calando hondo en los huesos de todo el que lo escuchaba.
El laúd, instrumento olvidado, daba un toque íntimo y distinguido a la función. Su apariencia lánguida y antigua cautivaba a la peculiar pareja de violines, al olvidado contrabajo y al solitario violoncelo. Parecía como si, por un momento, cada instrumento se olvidase de las notas que emitía y se concentrase sólo en el ir y venir de la melodía tocada por el laúd. Era romántico, nostálgico, incluso épico.
Aquel hombre de la primera fila contemplaba perplejo el espectáculo. La música cobraba vida.Nunca volvería a escuchar la sinfonía como antes. Ahora tenía nombres y apellidos. Como él le sucedió a las más de doscientas personas que, de vez en cuando, cerraban los ojos para dejar de oír la música y poder sentirla durante un rato. Las notas no hablaban de amor o desamor, de alegría o tristeza. Contaban lo que cada cual quisiera escuchar. Tomaban distintas formas dependiendo de los oídos en los que se posasen.
Yo, anonadado y confuso, dejé que mi pesado cuerpo flotara ligero sobre el teatro. Vi las cabezas de los espectadores, algunos movían un pie al ritmo de la música. Otros flotaban conmigo. Jugué a separar sonidos; a veces me fijaba sólo en la gravedad del violoncelo, otras en cambio, prefería deleitarme con el frenético cortejo de los violines.
Recordé a aquel violinista al que, días antes, había escuchado detenidamente tocar por la calles de Madrid. Le imaginé deslizando con agilidad sus dedos por las cuerdas del violín, subido a ese escenario tan solemne. Sonreí. Era el momento de volver al espectáculo y así lo hice. Pude ver de nuevo el azoramiento del violoncelo en su constante lucha por sonar alegre, sentí la lánguida pena del contrabajo, y pude ruborizarme al contemplar la clara fusión de los dos violines que, sin tocarse un ápice, ya eran uno.
Y deseé no marcharme de aquel lugar tan mágico que me había dejado escuchar el suave diálogo entre dos violines que, mirándose a los ojos, se dicen por primera vez: TE AMO.
lunes, 5 de noviembre de 2012
Inspiración.
Llevo meses pidiéndole a mi corazón que vomite palabras. Palabras alegres que sin duda no me da. Motivos sobran para dibujar una firme sonrisa. Pero yo, necia y obstinada, declaro guerra al mundo, sin razón alguna, pero con todas.
Me siento como un pececillo perdido que nada a contracorriente. No huye, solo nada. He sido tantas veces fiero león que muerde a su inmóvil presa, que este juego empieza a no gustarme. Tengo las uñas cortas, desgastadas. La voz ronca y el corazón cansado. Sentada en el filo del alba pido al cielo que un león más joven me reemplace. Pero ninguno se atreve a retarme. Las nubes en el cielo juegan a distraerme formando inverosímiles figuras sobre mi cabeza. Ahí va un unicornio, allá un marciano. Y mientras tanto la hierva crece bajo mis pezuñas.
Mis ojos están acostumbrados a ofenderte. Mis manos no saben pedir perdón. Pero mi alma siente terrible dolor cuando te marchas. Estos dos inútiles labios un día supieron apaciguar corazones, hoy sólo aciertan a romperlos. En verdad el mío está pegado por todas partes. Si hago historial seguro que algún pedazo se ha perdido en el camino. Pero eso poco importa. Las heridas cicatrizan, y aunque el dolor permanece, una aprende a hacerse el fuerte y a llorar en la más triste y lúgubre soledad.
No, no me siento sola.
La música aturde mi cerebro. Me he vuelto tan insensible que casi no puedo distinguir las notas.
Siempre me he preguntado por qué cuando quiero un café me traes sal. Levántate tú, decías. Y así lo hacía. Supongo que se trataba de un juego. Nunca me divirtió. Es una virtud saber dar lo que cada uno necesita en el momento adecuado. Sin duda carezco de ese don. No se puede tener todo. Hoy soy yo la que te trae azúcar cuando pides sal, sal cuando pides dulce.
Ya lo decía al principio... Necia y obstinada. ¿Podría haber encontrado dos palabras que me definieran mejor? No lo creo, esas brotaron de mí como flor en primavera. Marchita tal vez, pero flor al fin y al cabo.
Se que tus ojos lloran sin dejar brotar lágrima alguna cada vez que me miran. Me has visto morir, y conmigo se descompone también la alegría y la frescura de lo nuestro. Lo siento cariño, la agonía está siendo tan lenta y dolorosa que juro que abrasa mi alma. Aunque tal vez ahora que acabamos de pasar la noche de los difuntos, sea posible resucitar.
Nunca he perdido la esperanza. Es cierto que en ocasiones ha estado tan cubierta de carbón y escarcha que parece imposible acceder a ella. Este es uno de esos momentos.
Esperanza. Va conmigo. O eso creo. Pero guardamos las distancias. Yo no le caigo bien, ella a mí tampoco. Cada vez que nos vemos las caras ella huye, yo la olvido. Podría decirse que somos dos amantes dolidos que, para no hacerse más daño, se despiden al amanecer simulando decir un "hasta nunca", diciendo en cambio un "ojalá".
Soy el helado invierno cerrado a la primavera. Sabiendo que tarde o temprano, el calor derretirá mi escarcha y otra vez seré río fluyendo vigoroso rumbo al mar.
Olivier.
-No es la muerte lo peor. Yo no le temo a la Parca. No me sobrecoge poder oír con total claridad las súplicas del que se encuentra frente a frente con su trágico final. En cambio con cada cuerpo descomponiéndose al contacto con el aire, brota fuerte y hermoso otro amanecer. Sí, sin duda eso me alarma más que el propio fin; Saber a ciencia cierta que el mundo jamás se detiene. Que la vida, siendo un simple soplo de aire fresco, vicia y quema al mismo tiempo a quien, pudiendo contemplarla de cerca, debe decir adiós.-Dijo una voz suave y dulce, impasiva y venenosa al mismo tiempo.
Nadie supo qué contestar a tan rotunda afirmación.
El cadáver aún parecía palpitar en medio de la sala. Sangre esparcida por el suelo contrastando con la suma palidez del cuerpo. Había muerto con un marcado gesto; las manos abiertas como tratando de defenderse, boca y ojos casi saliéndose del propio rostro.
Durante un instante pareció que el inmóvil cuerpo quiso ponerse en pie y suplicar clemencia. Como si las palabras que aún resonaban en los cerebros de los presentes, hubieran mellado en su muerto corazón.
Se oyeron justo entonces las campanas de la catedral doblando en duelo. Nadie podía creerse semejante desgracia: Un hombre tan joven, querido por todos... yacía en esos momentos en el gélido suelo de su salón.
Horas más tardes trasladaron por última vez el cuerpo. Lo habían amortajado sin demasiada delicadez. Entre sus manos dos rosas rojas. Los ojos y la boca... al fin cerrados. Para que nadie se preguntase jamás cuales habrían sido las últimas palabras del bueno de Olivier. Frente a la tumba abierta para acoger las palabras de despedida de los vecinos, todo el pueblo de luto, todos llorando.
Y aunque el joven tuvo tan magna despedida, no tardó el pueblo en olvidarle ni diez días. En París se oían de nuevo las dicharacheras voces que habían colmado hasta entonces de felicidad sus calles.
-¡Espinacas, acelgas, zanahorias y tomates! ¡Los más baratos, oigan! ¡Frescos, de primera calidad!-Gritaba la dueña de un puesto en la plaza.
-¡Flores, las más hermosas! ¡Rosas, claveles, magnolias, peonías!-Añadía la siguiente tratando de alzar más la voz.
Notre Damme, altanera y despiadada, aún se erguía sobre el suelo de la capital francesa.
lunes, 13 de agosto de 2012
¿Recuerdas?
¿Recuerdas aquellas tardes juntos? Ojalá no las hayas olvidado…
He invertido demasiado tiempo contemplando un reloj sin frenos que corría en círculos, y cuando quise tomar carrerilla, cambiar de panorámica y volar, el aire abrasó mis mejillas causándome un amargo llanto.
¿Recuerdas aquel día en la piscina? Éramos sólo dos críos. Dos críos insoportables que se odiaban por quererse tanto. Recorrí con mi dedo tu espalda, jugando a un juego macabro que me conducía a la perdición. Pero sin duda mereció la pena.
¿Recuerdas cómo temblaban tus ojos jadeantes, sedientos de esperanza y de perdón mientras se sumergían en los míos? Dijiste justo las palabras que esperaba. Tal vez mi rostro continuó implacable mirando cada movimiento de tu cuerpo, pero puedo jurarte que mi alma tembló como una hoja en otoño. Por un instante sentí que algo cambiaría para siempre entre nosotros. Te perdoné, es más, sentí que no había nada que perdonar. Siempre has tenido esa virtud. O ese defecto.
Dijiste con un vaso de tubo en la mano que habías sido un cobarde, que necesitabas abrirte conmigo como no lo habías hecho con nadie. Que lo intentabas porque querías “redimirte” para mejorar. Sí, eso dijiste.
¿Recuerdas las carcajadas que retumbaban en aquellas cálidas paredes? Era divertido volver a sentirme tan querida por ti. Me reconfortaba pensar que mientras estuviéramos juntos todo iría sobre ruedas. Me creí letra a letra cada palabra que salió por tu boca. Y no imaginas cuánto dolió comprobar que eran mentira.
Quisiera volver a reírme como entonces. Hablar, mirarnos, ver la tele… Añoro lo estúpido que pareces cuando doblas documentales de animales. Y jamás he tenido tanto miedo. Miedo de estar cerca de ti, miedo de estar lejos. Miedo porque sé que volverás, y porque sé que lo espero. Miedo porque esta desintoxicación nunca funciona. Miedo porque una palabra tuya rompe en pedacitos mis esquemas.
¿Recuerdas aquellas tardes juntos? Ojalá no las hayas olvidado…
domingo, 12 de agosto de 2012
Tupido manto.
Aquel lugar era distinto al resto para ella. Sólo de pensar en aparcar su coche allí se le estremecía el cuerpo de punta a punta.
-¡Caramba, parece que nos cubre un manto!-Dijo sonriendo.
-No brillan más que tus ojos.-Añadió él.
Sus miradas se entrelazaron con fuerza, como si más allá de aquel cubo de metal no hubiera un mundo lleno de recodos aún por descubrir.
Ella, sonrojada y feliz, volvió a contemplar aquella estampa.
Él, algo más suelto y decidido, tocó su pierna y la besó.
-Te quiero.-Dijeron al unísono.
Y durante unos instantes, no hubo más sonido en el universo que el de sus dos locos corazones.
domingo, 20 de mayo de 2012
Un tren fundiéndose con el helado paisaje, árboles desnudos que han dejado que sus hojas se marchiten emulando en el suelo un manto ocre y amarillo. Y lejos, muy lejos, tus ojos traidores cargados de culpa. Yo misma, maldito demonio, me encargué de poner distancia entre nosotros. Enterré el dolor que me habías causado, habiéndolo guardado con tanto amor en mis entrañas durante años. Yo misma, con estas dos manos, rasgué el envejecido y reseco suelo donde pusiste tus crueles zarpas. Le aullé a esa luna tan frágil e inocente que tantos secretos ha presenciado. Y corriendo, sin mirar atrás, desnudé mi cuerpo de tu infiel recuerdo.Cubierto ya el suelo de gélida escarcha, el piar de los pájaros arrullaba mi alma. Mientras mi triste cuerpo inútil yacía apagado en ese mullido manto.
-Ya has llegado.-Susurraron mis labios carmín.-Te estaba esperando.
Y ante mí apareció la muerte. Mucho más dulce que tú. Tomó mi mano y descubrí que, incluso sus huesudos dedos desprendían más calor que los míos.
-¿¡Qué has hecho de mí!?- Grité exhalando mi último aliento.
Lamenté profundamente que no fueras a saber jamás cómo había acontecido mi trágico final. Pero mis párpados pesaban demasiado, la vida se escapaba con premura de mi cuerpo, como si yo fuera sólo una muñeca de trapo vieja y desgastada, que va perdiendo su esponjoso relleno con cada movimiento.
Y sabiendo que con mi muerte acabaría este dolor, me entregué en cuerpo y alma a ese momento. Casi pude sentir cómo las Parcas cortaban el hilo de mi vida.
Después de eso; Nada.
domingo, 6 de mayo de 2012
Barca nueva; encuentra buen viento.
Que la suave brisa arrastre despacio tu barca hacia otros puertos, llenos tal vez de nuevas aventuras, piratas... Que sigas sonriéndole a la vida, dulce sirena mía, y que la sal de este mar feroz no amaine tus ilusiones.
Ojalá pudiera contemplar cada anochecer el brillo de tus ojos, llenos de luz y vigor, como si se tratase de dos luceros. Pero, te has cansado de nadar hasta la playa del desamor y, agotada ya de un amor siempre a medias, agitas tu cola en busca de otros mares; más grandes, más puros, más claros.
Tal vez no vuelva a verte, sirena mía. Déjame sentirte ahora, oler tu pelo, rozar tu piel. Respirar tu olor a vida mezclado con la sal. Déjame vivirte ahora si luego te vas a marchar...
viernes, 27 de abril de 2012
Mientras tanto...
Mañana gris en San Francisco. Bóveda encapotada, triste. Silencio sepulcral en aquel tumulto. Sonrisas vacías, huecas, buscando una ilusión a la que aferrarse.
Pero... era tan lúgubre el día como sus almas.
Ni una razón para sonreir. Tampoco motivo alguno para llorar.
El único camino; andar, salir corriendo, romper las cadenas internas y así volar tan alto como el sol, hacer del cielo una suave manta, rasgar sus tonos grises, llenarlo de luz.
Mientras tanto.. mañana gris en San Francisco. Bóveda encapotada, triste. Silencio sepulcral en alque tumulto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







