domingo, 7 de febrero de 2010

:)



Aquel corazón dibujado en la ventana, comenzaba a disiparse. Y me apetecía escribir en el cuaderno la historia del amor que le tenía. Quizás porque ansiaba sentirle cerca, o tal vez porque su olor aún permanecía en mi ropa interior. Entonces abrí el bolso y vi la cajita de cartón en la que había escrito con su perfecta letra mayúscula: POR LO FELIZ QUE ME HACES. Y sonreí. Sí, sonreí de esa forma un tanto ridícula de cuando estás enamorada, únicamente porque me sentía bien a su lado.

No había hecho los deberes de lengua, pero pensé que sería sencillo analizar esas malditas oraciones simples aquella noche sentada en mi escritorio. Mejor dicho quise creer que lo sería, aún teniendo claro que no podría concentrarme y que su imagen acudiría a mi mente una y otra vez. Ya ves, intentos baratos de una autoconvicción que nunca llega, argumentos falaces para tapar la realidad que tenía ante mis ojos: No podía estar sin él.

viernes, 22 de enero de 2010

Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia...


-Bueno, yo preferiría llevarte a Cracovia... pero no puedo cambiarle el título al libro. Podría escribir otro...
Dijo sonriendo, con los ojos del que sueña constamente y el tono de voz del que pisa fuertemente el suelo.
Estaba allí, sentado en aquella gran silla de algo parecido al mimbre. Con el té en una mano y la felicidad en la otra. Entonces recordé el vídeo que le había hecho, y esa foto retocada en la que escribí que desearía viajar por todo el mundo con él como acompañante. "Cracovia..." pensé yo, mirando esa pulsera que simulaba lacasitos de colores que se había puesto en la muñeca para recordarme. Y al llegar a casa, con el pompero en el bolsillo del abrigo, busqué en internet el nombre de aquella peculiar ciudad. Pero pronto me arrepentí y cerré la página. Quería que todo lo que hubiera sobre el suelo de Cracovia me lo descubriera él. Darle la mano y dejar que apartara lentamente el cielo para poder contemplar la inmensidad sobre nuestras cabezas. Las nubes del dolor ya no estarían, de hecho ya no estaban. Porque agarrada a su cuerpo nada me hacía sufrir.
Es curioso, nunca me había planteado la definición de PAREJA ESTABLE, pero seguramente él tuviera razón. Una pareja estable es aquella que por encima del tiempo que lleven juntos tiene la suficiente constancia, sinceridad, cariño y confianza como para atravesar barreras. Sí, he dicho barreras. Y no me refiero a muros de piedra, rudos y fríos, sino a esos pequeños obstáculos (a veces no tan pequeños) que la vida va dejando poco a poco por nuestros caminos. La estabilidad no es tener el camino asegurado, ni tampoco dar pasos sobre él por rutina. Es ir más allá. Es discutir y después llorar de alegría al ver la sonrisa del otro, es simplemente oír su voz aún estando lejos. Y debo decir aquí y ahora que eso es justo lo que tenemos nosotros: ESTABILIDAD. `

Esta tarde lo hice. Grité al mundo: -¡Para, que yo me bajo! Y paró. Ya no corría el tiempo, porque sobre tus piernas sólo existimos tú y yo. Ya no existían mis miedos, tu locura, ni mi voz. Sólamente podía oir el casi imperceptible "plum" de las pompitas al explotar y tu respiración. Me sentí como una niña pequeña, disfrutando de cada instante haciendo pompitas de amor a tu lado, pompitas en un principio imaginarias, y por último extrañamente reales. Contemplando el anochecer de este 22 de Enero únicamente porque después vendrá un día más a tu lado.

Y de nuevo volví a pensar en Cracovia, en si la luna se vería del mismo modo que aquí esta noche, y si el color de las calles sería el mismo. Pero pronto tuve la certeza de que no. Porque cuando vaya recorriendo cada rincón de esa ciudad, no será el color de sus tristes edificios, ni el de la ropa de sus habitantes el que inunde mi espíritu. Será el color del amor que nos tenemos el que sin duda me llenará el alma. Y allí, unida un poco más a tí, querré quedarme para siempre, recordando esa tarde en que dejaste en mi cartera un libro llamado: "Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia..." La misma tarde que me hiciste recordar que habría un mañana, y que sería, sin duda, juntos.

lunes, 18 de enero de 2010

Una barca para tí.


Cerré la puerta al mundo, y me subí a ese universo nuevo que descubría cada vez que me perdía en su cuerpo. De modo que apreté los ojos y dejé que me enseñara cosas que no necesitaba saber, pero que ahora me parecían curiosamente imprescindibles.
La nieve se derretía detrás del cristal de su ventana y un poco más allá, su cama. Allí el que parecía deshacerse poco a poco era él. Sudaba tanto que había convertido su cama en un gran lago, y nosotros navegábamos sobre él con nuestra minúscula y perfecta barquita. Entonces detuvimos el ritmo de la travesía y nos paramos desnudos, sin miedo, a mirar las estrellas. Él aseguró verlas en mis ojos, y yo las podía contemplar en su blanca y tersa piel cada vez que se quitaba la ropa.

viernes, 8 de enero de 2010

Moo


Una tarde más inolvidable.

Teniendo aún grabado en su cabeza el olor del té blanco con melocotón y el sabor del café caribeño se acomodó el pelo con cuidado e introdujo la contraseña del ordenador. Allí estaba su imagen, la de la primera vez que él había escrito TE QUIERO mientras se veían. Le gustaba tenerlo de fondo de pantalla, porque así cuando se sentía mal sólo tenía que encender el ordenador para ver su sonrisilla y todo lo demás desaparecía. Como aquella noche. Estaba triste, melancólica... nostálgica quizás. Se sentía culpable por haber tenido que irse de ese modo dejando la cena lista y una sonrisa triste dibujada en la cara de él. Le dolía pensar que siempre sería así, que por mucho tiempo que pasase no podría darle más que eso.. ratos incompletos que a ella le llenaban tanto... pero que quizás a él terminarían por cansarle. Tembló por un momento. Hizo una pausa para secarse las lágrimas. Gritó. Quería echar fuera toda la rabia acumulada, pero era imposible si no estaba a su lado.

-¡Maldito rastitas risueño, te quiero ¿¡sabes!?!

Se abrazó a la almohada y continuó llorando, buscando su olor.
Había dejado el móvil sobre el escritorio y de pronto sintió que tenía que mirarlo. Levantó la tapita y...

¡Peque! Te quiero mucho. Espero que no te rayes, ¿ok? Que hasta tu voz sonaba un poquito mal... Descansa y mañana te veo como sea =) Te quiero. Muaka! ^^

Efectivamente, allí estaba él, y otra vez sintió una sonrisa en su cara. Siempre sabía cómo consolar sus penas... SIEMPRE. Entonces se le vino a la cabeza aquella canción.. mmmm... ¿cómo era? "Piensa en mí cuandoooo sufrassss..." Y tarareando la musiquilla la buscó en el ordenador. La noche anterior se la había pasado él mismo. En ese momento abrió la página de su blog, y quiso escribir algo bonito, algo que le hiciera sonreir sinceramente... Agrupar las palabras adecuadas y dejar que siempre latieran en su corazón de un modo especial, corriendo por sus venas, siendo imprescindibles para darle vida. Sí, eso es, intentó darle fuerzas, ánimo, alegría. Llenar su espíritu de cosas nuevas, de grandes emociones y lograr elevarle. Su cuerpo vibró dulcemente cuando recordó cómo él le había susurrado:

-Peque, me haces volar. Nunca nadie me había hecho sentir de este modo.

En ese instante la respiración se le cortó y no supo muy bien qué decir, cómo explicar aquello que le apretaba el pecho... quizás podría llamarlo ¿amor? No, no, no era amor. Esa palabra es demasiado ruda, utilizada en exceso por labios crueles que no saben querer. ¿Pasión? ¡Qué término tan simple! Demasiado fácil sentirlo como para definir lo que tenían con esas seis letras... Entonces, descartando el amor y teniendo la certeza de que la pasión era algo superado hacía tiempo... ¿qué palabra podría tener similitud con todo ese remolino de emociones?

-¡Moo!

Dijo suavemente sonriendo de nuevo.
Y efectivamente, eso era, moo. Su particular forma de definir aquello que consideraban tan distinto. Un modo de clasificar un sentimiento imposible de describir si no se siente. Porque moo es la primera sonrisa de la mañana, la última de cada noche, el beso de despedida, el de saludo, un abrazo en el portal, otro en medio de la marea de gente, un pensamiento ligero, una caricia, unas manos jugando a hacer cosquillas, una suave voz susurrando palabras que sólo el otro podría comprender, un: "Eres increíble" escrito sobre un cristal empañado, una cena rápida improvisada en el sucio suelo de un piso vacío. Una mirada furtiva que quema el alma del ser querido, un: "Te veo mañana como sea", incluso un: "seré feliz sólo con verte disfrutar"... Todo eso son esas tres letrujas... todo eso y muuucho más, porque la lista será infinita y llena de significado a medida que pase el tiempo.

Estaba lista.

Lista para amarle, para dejar de perder el tiempo y correr en contra del viento. Para hacer con sus sonrisas un barquito y navegar lejos, todo lo lejos que la corriente pudiera llevarles. También para perder la cordura, para aprender a curar sus heridas con las miradas de ese a quien tanto quería, para reir sin motivos, y no llorar aún teniéndolos. Lista para nadar, correr, volar. Para sentirlo todo en un instante y para ser incapaz de olvidarlo. Para hacer de su nombre poesía. Para grabar en sus ojos la luz de su piel. Para dejar su pasado lejos, alargar ese presente dulce y lleno de felicidad que tenía, y luchar por un futuro juntos. Lista, a fin de cuentas, para ser siempre suya.
Se dió cuenta entonces de que el faro estaba encendido, el equipaje cargado y ya tenía los zapatos puestos. No había ningún camino hecho, no por ahora. Pero aquella tierra rojiza esperaba impaciente sus pasos para fojarlo juntos. Para transformar el polvo en un sendero sólido y fuerte por el que caminar sin miedo.

Cuando quieras quitarme la vida, no la quiero para nada, para nada me sirve sin tí. Sonó. Y cerrando los ojos con fuerza dijo de nuevo:


-Moo, moo, mooooooo. Ojalá estuvieras aquí cariño, ojalá.

Y allí se quedó sentada, esperando a que tomara su mano, y navegar, correr, volar si es preciso. Y sentir que el mundo sobra si están juntos. Y reir, llorar, gritar, sentir. Quererse para siempre, olvidar su ropa en el suelo de un hotel. Dejarse la desgana en algún rincón y llenarse de ilusiones para compartir. Esperando únicamente no dejar nunca de ser feliz a su lado, y llenar su memoria de tardes como aquella, inolvidables.

jueves, 7 de enero de 2010

Zapatos nuevos para empezar el camino.


Sus cabellos rubios le tapaban la frente mientras escribía cuidadosamente en su escritorio. Pensaba constantemente en lo dichosa que se sentía. Le tenía a él,a su dulzura, su simpatía, el cuidado y el cariño con el que rodeaba su cintura cuando se besaban... Le gustaban sus palabras, también sus silencios, su olor, aquel fuerte aroma a amor después de hacerlo. El modo en el que se ponía nuevamente la ropa, y acariciaba el cuerpo aún desnudo de la jóven. Su mirada intensa, apasionada como ninguna. Y su voz, capaz de calmar cualquier sentimiento... todos menos uno, ese amor profundo que sentía por él.
Únicamente era realmente feliz a su lado.
Puso la radio, allí estaba... I'm yours sonaba con fuerza en aquella emisora, y sin más en su cara volvió a brillar la mejor de sus sonrisas. Entonces apartó el brazo del papel, y sin mirarlo ni una sóla vez lo dobló y lo guardó en una cajita cuadrada donde, con ternura, tenía escondidas todas las cosas que él le regaló. Las contemplaba con frecuencia, las tocaba y se reía recordando cada momento. Se le vino a la cabeza aquella tarde-noche por las calles de Madrid, agarrados de la mano, recorriendo una y otra vez los mismos lugares, mirando carteles, leyendo, jugando a ser distintos... siendo realmente únicos y valiosos al estar juntos. "Más mordisquitos en el cuello" había leido en ese escaparate que tanto llamaba la atención. Y sintió el cálido abrazo que arropó sus caderas repentinamente por detrás. Aún no le había dicho todo lo que le quería, y sin embargo ya era algo tan intenso que no podía dejar de pensar en él.
La primera vez que le miró a los ojos el fuego de su mirada la derritió. Sonrió al pensar en ello. Siempre había tenido la teoría de que fue en ese momento cuando como por arte de magia sus cuerpos se pegaron del mismo modo que una vela cuando se consume lenta y suavemente. Esta comparación pudo llevarla lejos, al menos emocionalmente. Revivió esa tarde en la casa vacía, el sonido del colchón,la suave melodía que sus labios bailaron una y otra vez. Finalmente invadió su mente el recuerdo de las 84 velas escribiendo TQ en el suelo del salón, y la dulce sonrisa de aquel muchacho al contemplar la escena.
-Te quiero... ¿¡Cómo dos palabras pueden estar tan cargadas de significado?
Pensó, enmarañando su pelo detrás de las orejas para despejarse la cara, y lo hizo del mismo modo en que lo habría hecho él.
Se puso de pie frente al espejo, lo empañó con su aliento y mientras se quitaba la ropa para darse una ducha escribió con el dedo:
OJALÁ ESTUVIERAS AQUÍ.
Se tocó con la punta de los dedos la cicatriz que adornaba su pecho, y recordando aquella vez que él le susurró lo mucho que le gustaba su cuerpo, se metió en la ducha.
Cuando salió se arregló un poco, se echó esa colonia de coco que tanto le gustaba y salió prácticamente corriendo por su pasillo, bajó las escaleras del portal y efectivamente, puntual como ninguno... allí estaba él con su sonrisa picarona y dulce al mismo tiempo, esperando ver la luz encenderse para controlar su emoción. Se agarró a su cuerpo y le besó, esta vez apasionadamente.Le había echado tanto de menos en la ducha que no podía contenerse. Y mientras ellos paseaban, despreocupados por las calles de su ciudad. Sonriendo por nada y por todo a la vez. Con esa sonrisa tonta dibujada en la cara, y agarrados de la mano... Sobre el escritorio de aquella chica no sólo quedó una caja. Estaban también un par de zapatos nuevos, un cuaderno de viaje, y esa ilusión plena del que aprende a amar en cada paso. Porque aquella tarde comenzaron juntos a construir su camino. Uno nuevo y diferente, lleno de emociones y alegrías... uno por el que sólo pudieran caminar ellos dos. Siendo el mejor acompañante para el otro, llevando con ternura el equipaje y soñando con cosas imposibles, que algún día alcanzarán.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Una sonrisa y un apretón de manos.


Era viernes, el circular llegaba como siempre a las 14:35. Allí, en aquella parada roja estaba él. No podía dejar de mirarle. Cuando el autobús hizo su parada le dejé subir primero, se acomodó y al verme pasar dijo sin tapujos:
-¡HOLA NENA!
Sonriente me ofreció su mano, buscando desesperadamente un momento de distracción en su claustrofóbica vida. Sus ojos negros estaban encarcelados, intentaban gritarle al mundo cada sentimiento, y los demás catalogaban su sinceridad como locura. Me fijé bien, la comisura de sus labios estaba manchada de blanco, deduje que por alguna medicación que le habían dado. Su madre estaba sentada junto a él. Parecía tener la mirada perdida sin importarle demasiado lo que pudiera ocurrir a su alrededor. Comprendí que su alma estaba cansada de batallar. Tenía las manos llenas de arañazos, seguramente de controlar los arrebatos de su hijo, y no pude evitar llorar al volver a mirarle a los ojos. Estaba tan lleno de felicidad... como si pudiera vivir ajeno a lo que le sucedía.
Me senté en uno de esos fríos e impersonales asientos, roto y viejo, como el corazón de aquella madre. Pero a diferencia de los otros días hice todo el viaje pensando en ese muchacho. Los demás escuchaban música, hablaban, reían, compartían cosas... ¡VIVÍAN! Y como de costumbre, olvidaban a esas personas que mueren lentamente cada instante de su existencia. Al llegar a la primera parada un hombre mayor subió al autobús. Mientras apoyaba su garrota y caminaba despacio através del pasillo entre los asientos, todos pudimos oir cómo nuevamente decía aquel chico con su sonrisa sincera y los ojos llenos de luz:
-¡HOLA SEÑOR!
Otra vez extendió su mano, y al contemplar la mirada del hombre, que parecía mofarse de él... no solo no apartó la mano, sino que repitió esta vez más alto:
-¡HOLA SEÑOR!
Había inocencia en su voz, pero sobre todo esperanza. Pude ver en él eso de lo que carecemos con frecuencia. Estaba marcado de por vida, nunca más lograría ser un pasajero cualquiera, y en cambio era feliz. Su enfermedad había limitado su cuerpo, pero parecía tan obvio que nunca nada lograría reprimir su alma, su valor, sus ganas de volar alto... Me estremecí. Él no añoraba nada material, únicamente pedía una sonrisa y un apretón de manos, sólo eso y tenía la felicidad más absoluta. Mientras tanto nosotros que estamos tan cuerdos, que no tenemos límites ni barreras. Que podemos controlar todo lo que tocamos... Nosotros pasamos la vida caminando en busca de ese sentimiento. FELICIDAD. Y pocos logran alcanzarlo. Complicamos tanto las cosas que pierden toda su esencia, pasamos años encadenando locuras y reprimiendo verdades, sin darnos cuenta de que es nuestra cordura la que nos impide sentirnos plenos.
Iba haciendo esta reflexión hasta que el traqueteo del circular me devolvió al mundo.
Sentí la mirada de aquel jóven en mi nuca, y antes de que me diera tiempo a girarme preguntó:
-Nena, ¿vas a clase?
Le contesté que venía de estudiar, pero que ya iba a mi casa a comer. Entonces me di cuenta de que esa era mi parada. Pulsé el botoncito rojo y me levanté.
-Adiós nena.
Extendió su mano a mi paso, sonriente como siempre. Se la agarré y le dije:
-¡Adiós!
Bajé del ruidoso matojo de hierro con la cabeza en aquellos ojos y el alma volando lejos.
Desde entonces, todos los viernes espera en la misma parada, y repite sonriente una y otra vez las mismas palabras. Pero yo sólo puedo pensar en que su felicidad se basa en una sonrisa y un apretón de manos.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El desamor


Sentí deslizarse a aquel libro en el que había escrito mi vida, hojas sin sentido, sin orden, que solían llevarme lejos, a descansar en su mirada. Y simplemente lo dejé caer. ¿Qué sentido tenía una vida sin él? Ya no quería recordar mi pasado, esa felicidad que había llenado hasta entonces mi cuerpo... porque sin sus palabras era un simple engaño, como una venda que te pones para no hacerte daño, aunque sabes que caminas chocándote con las paredes.

Era evidente, me encantaba el modo en que se reía, la arruga que se formaba en su nariz, y ese brillo en los ojos propio del que está lleno de esperanza. Había pasado tardes enredada en su melena, tocando cuidadosamente sus rizos, sonriendo solo porque estábamos allí. Y todo había cambiado tanto en tan poco tiempo... No quedaba ni un sueño en su pequeño cuerpo, y cuando sonreía lo hacía forzado, intentando apaciguar mi alma. Repetía una y otra vez lo mala que era su vida. Ese exámen suspenso fruto de una tarde sin estudiar, aquella noche aburrida con sus "amigos" absurda, sin sentido porque su sonrisa estaba hueca. Tantos domingos intentando creer ser alguien, procurando esconder sus defectos y basar su existencia en una mentira para no sentirse mal... Y ahí, en un rincón de su alma, procurando no hacer ruido, estaba yo. Había transladado allí cada una de mis pertenencias, era un lugar confortable, frenaba el dolor y le daba una pizca de color a mis días. Pero en aquel momento acababa de colgar el cartel de "se vende" y estaba llenando las maletas con bolsas de nostalgia y de recuerdos. Dejé allí todo lo malo: el rencor que le tenía por descuidarme tanto, esa llamada que nunca me hizo, y el puñado de besos que me había regalado. Ya no quería nada de eso, solo era peso en mi espalda que entorpecería mi camino, una hoja en blanco de un diario aún por escribir. Sentí ese golpe en el pecho, como si fuera un puñal helado que atraviesa tu alma de extremo a extremo, y dudando si hacía lo correcto, dejé aquel lugar que había llegado a ser tan hostil para caminar rumbo a mi vida.


Dicen que el desamor es como un velatorio. Los recuerdos están en una sala y solo cuando eres capaz de entrar, tocar cada cosa, mirar a los ojos al tiempo que pasasteis juntos... y sonreir en lugar de llorar, logras superar ese sentimiento. Quizás sea cierto, pero mi muerto se descompone y yo aún no he conseguido velarle. Sigo vestida de luto, sentada en la puerta de aquella habitación, y cada vez que doy un paso siento flaquear mis piernas y una lágrima deslizarse sin remedio por mi piel. El olor es cada vez más intenso y grito de rabia sin poder controlarme cuando una bofetada de aire lo trae junto a mí. Recuerdo el olor de su colonia, el tono tostado de su piel, la perfecta alineación de sus dientes blancos como la luna, y cuando eso ocurre lloro aún más. Tengo miedo de que cuando me levante y decida colocar mis pies junto a él para despedirme, me sienta mejor. Me inquieta pensar que podré tocar nuestras cosas una última vez y que después serán solo una huella, un surco más en el sendero de mi vida. La mantilla cubre mi pelo, la falda de tubo resalta mi silueta, esos zapatos de tacón que dejan entrever un par de dedos, y el esmalte rojo intenso que cubre mis uñas... He cuidado hasta el último detalle de mi aspecto. Ya se que no me verá, pero decir Adiós es casi siempre tan difícil y tan doloroso, que la única forma de ocultar la desdicha es con toda esta parafernalia que me tapa.


Recostada sobre la pared respiro hondo, me armo de valor... Han pasado ya demasiados meses. Largas noches en un lado de la puerta, difíciles mañanas ahogada entre mis lágrimas. Es el momento de abrir los ojos, porque seguramente una despedida a tiempo logre curar mi corazón. Al dar el primer paso me doy cuenta de que aunque había pasado allí muchos días, no tenía una idea de cómo sería aquella habitación. Las paredes blancas le dan luminosidad, (algo contradictorio para mí en este momento), decenas de estanterías con todos mis recuerdos a su lado, y en el centro está él. Ha perdido el color por completo. Cuando me acerqué y le miré a la cara me sentí relamente aliviada.

-Te quiero, te he querido todo este tiempo, pero tengo que marcharme. Es doloroso esperar algo que nunca llegará. Cerrar los ojos con fuerza para poder creer que merece la pena, y abrir al mismo tiempo el corazón de par en par esperando una respuesta. Has pasado tanto tiempo contando lo malo que tienes, que ni te diste cuenta de que poco a poco hacía las maletas. Puedes estar seguro de que realmente lo que siento por tí es verdadero. He tardado en tener el valor suficiente para despedirme, más de lo que tardé en entregarme a tí. Y quiero que si es esta la última vez que te veo, sepas que habría dado mi vida por tu mirada. Por oir un... "te extraño" a tiempo, por sentir tu mano tocando mis mejillas una vez más. Pero me marcho, no voy a esperar más. Mi juventud me lo impide, y mis ganas de volar también. No subiré nunca más a esa habitación de hotel, ni desharé la cama buscando tu olor. Tampoco buscaré una excusa para amarte, ni envolveré mis sonrisas en papel. No estoy dispuesta a beberme mi llanto. Sé que no regresarán las tardes de Agosto si tú no estás, y enterraré cada día 17 una rosa negra donde me besaste por primera vez. Ya no verás a la Luna, no te calmará las noches de invierno, ni te susurrará palabras de amor. Pero algún día estarás con otra, y no será tu Luna, sino tu Sol, una bola de fuego que ilumine cada paso. Cada segundo sin mí. Recuérdalo siempre... te quiero.


Lo digo sin pensar, aunque quizás sabía inconscientemente lo que diría desde hacía tiempo, como un discurso preparado por mi subconsciente y memorizado meticulosamente. Ahora me doy cuenta de que tenía razón. Me siento mejor después de haber entrado en este lugar, me he despedido y he podido contemplar cada recuerdo con claridad. Nada queda pendiente, no hay ninguna palabra más que decir. Simplemente me toca ser fuerte, añorarle cada vez menos, y quererme cada vez más. Pero hay algo que me impide salir de este cuarto, ¿de dónde saco el valor para dar el último paso y cerrar de un portazo? Quiero pasar mis días aquí, frente a su cuerpo, y si es cierto que es solo un muerto, dejaré escrito que cuando le entierren deseo ir con él. Tal vez si salgo olvide sus caricias, pero no es eso lo que intento, ahora lo se. Necesito sus recuerdos, los momentos juntos. Y por mucho que batalle jamás será solo un fantasma lejano que se difumina con el tiempo.

De modo que esto es la vida, depender constantemente de algo o de alguien. Tener necesidades, deseos, carencias... ¿Es la felicidad algo utópico? No, se que no. Tengo claro que si me marcho lo será, pero voy a permanecer a su lado hasta que cada partícula se desintegre. ESO ES EL AMOR. Y aquí está mi verdadera felicidad, junto a él.