Sería bueno vivir
cerca del cielo,
donde mi corazón
vuelva a latir.
Donde mis huesos
nunca más sientan
el frío de tu ausencia.
Sería bueno vivir
junto a las nubes,
donde tu aire y el mío
sean uno solo.
Para poder soñar
con el invierno,
con tus manos,
con tu amor.
Sería bueno vivir
cerca del cielo.
Porque allí
no son necesarias
las mentiras,
no se juzga el dolor,
no existe el miedo.
lunes, 10 de febrero de 2014
miércoles, 22 de enero de 2014
Ojalá la lluvia sonara más fuerte.
Siempre me he considerado un tipo extraño. Como si tuviera un "superpoder" para olvidar las cosas casi al segundo de que hayan sucedido. Es cierto, tal vez esté exagerando. No las olvido, pero me he dado cuenta a lo largo de los años, de que mi mente almacena los instantes de una manera distinta a la del resto de personas; Yo no recuerdo los colores de las casas, la colocación de las prendas de los escaparates o las caras felices de los transeúntes... cuando quiero adentrarme en un momento del pasado tengo que reinventarlo. Sí, ciertamente recuerdo las sensaciones: mis manos sudorosas, mi alegría, mi tristeza... pero nada más. Técnicamente esto se resume en tres palabras: PÉSIMA MEMORIA VISUAL.
Pero, en noches como esta, grises, de cielo encapotado, la lluvia trae consigo recuerdos (más bien sensaciones) que me erizan el vello y me hacen sonreír.
Es curioso... cuando era un niño, todos mis amigos huían de la lluvia, de los truenos y las tormentas. Pero yo... ¡Oh Dios mío! ¡Yo las adoraba! Me relajaban, me hacían sentir feliz conmigo mismo. Metía mi cuerpecito bajo las sábanas y jugaba con un par de viejos muñecos. Allí, con la lluvia cayendo tras el cristal, sucedía todo cuanto yo quisiera, por una noche cualquier cosa era posible. Jugaba despreocupado hasta que, finalmente, mis ojos se cerraban sin remedio.
Han pasado ya unos cuantos años, y tal vez sea por los millones de viajes que hice con mi padre en aquel coche gris, pero sentir la lluvia golpeando en el cristal de mi seat, me hace sentir nostálgico.
El limpiaparabrisas arrastra las gotas, del mismo modo que tantas otras veces mi mente arrastra mis recuerdos. Pero hoy, con los calcetines tan mojados como los de un chiquillo que chapotea en cada charco, dormiré plácidamente. De nuevo será mi cama la que se haga cómplice de mis felices sueños. Sueños de la infancia, de una niñez dulce casi olvidada. Sueños que me transporten de nuevo a la ilusión de tener un anillo mágico que todo lo pueda. Sueños que, al amanecer, no se evaporen con el sol.
El limpiaparabrisas arrastra las gotas, del mismo modo que tantas otras veces mi mente arrastra mis recuerdos. Pero hoy, con los calcetines tan mojados como los de un chiquillo que chapotea en cada charco, dormiré plácidamente. De nuevo será mi cama la que se haga cómplice de mis felices sueños. Sueños de la infancia, de una niñez dulce casi olvidada. Sueños que me transporten de nuevo a la ilusión de tener un anillo mágico que todo lo pueda. Sueños que, al amanecer, no se evaporen con el sol.
Ojalá la lluvia sonara más fuerte. Para cerrar los ojos y que fuera lo único que mis oídos percibieran. Para que fuéramos uno durante esta noche y entonces ella velaría mis sueños como ya lo ha hecho tantas otras veces.
Ojalá la lluvia sonara más fuerte.
sábado, 18 de enero de 2014
El cambio II.
CAPÍTULO II
A primera hora llegó la enfermera. Le pinchó en la barriga,
dedicándole al tiempo un par de palabras amables. Cuando terminó le hizo
respirar durante unos minutos por una mascarilla. Y se fue.
Él trató de zafarse de tan molesto aparato. Angustiado, perdido. Yo procuré tranquilizarle, aunque no obtuve resultados hasta pasado un largo rato.
Él trató de zafarse de tan molesto aparato. Angustiado, perdido. Yo procuré tranquilizarle, aunque no obtuve resultados hasta pasado un largo rato.
El resto de la mañana pasó sin demasiado que contar. El
tiempo se esfumaba mientras la tarjeta de la televisión se consumía. Noté que
las pastillas empezaron a hacer efecto sobre mi padre cuando le oí roncar. Los
fuertes tranquilizantes que le daban le mantuvieron sedado prácticamente todo
el día.
Se acercaba la hora de comer cuando sus ojos se cruzaron con
los míos. Me preguntó casi en un susurro si no tenía clase. Aquellas palabras
me estremecieron. Recordé con total claridad el fatídico día. Era como viajar
en el tiempo. De nuevo estaba en mi casa, corriendo vivaz de un lado a otro. Mi
padre, sentado en una silla en la cocina, volvía a preguntarme si comería en
casa. Sonriente le dije que sí. Contemplé en su profunda mirada la desolación
del que sabe que algo va mal. Me miró y repitió su pregunta como si
desconociera la respuesta. Quise no darle importancia, pero sabía que la tenía.
Pasado un minuto formuló por tercera vez la disyuntiva.
Le pregunté, aparentando normalidad, si le sucedía algo.
Le pregunté, aparentando normalidad, si le sucedía algo.
-Hija, me quiero morir.-Me dijo mirándome a los ojos.- No sé
para qué estoy viviendo.
La necesidad imperiosa de llorar azotó sin compasión cada
centímetro de mi cuerpo. Aún no podría explicar cómo, pero conseguí
controlarlo. Sustituí el amargo llanto por una sonrisa burlona.
-¡Anda ya!-Le contesté casi riendo.-Estás aquí para hacerme
compañía. ¿Qué haría yo sin ti? ¡Aburrirme!
Me acerqué entonces y le besé con dulzura. Él no tuvo
fuerzas ni para devolverme el gesto.
Salí de la cocina como si el suelo me quemara los pies.
Sentada en una silla, alejada de él, lloré por un instante. El miedo saturó mi
cerebro, lo carcomió como si se tratase de miles de termitas. Mi sangre,
helada, quiso dejar de regar mi cuerpo. Me levanté. No quería dejarle solo. Y nuevamente
a su lado procuré ayudarle en todo, siendo consciente de que algo le había
robado las fuerzas.
Volví a la habitación de hospital en la que estaba
mi padre. Recordé que me había preguntado si podría quedarme con él.
-No tengo clase hoy, me quedo contigo. ¿O prefieres que me
vaya?-Le dije con el mismo tono burlón que había utilizado aquel día en mi
cocina.
-Claro que no, hija. Pero no faltes a la universidad por
mí.-Añadió él.
Noté en su voz que se esforzaba por complacerme. Por
mantener, muy de vez en cuando, alguna conversación conmigo. Se quedaba dormido cada cierto tiempo, y
cuando abría los ojos me sonreía sin demasiado empeño.
Trajeron a la habitación otra bandeja idéntica a la de la
noche anterior. Esta vez la comida era distinta, pero seguía siendo igual de
insípida. Le ayudé a comerse lo poco que quiso. Después, recogí los restos y lo
dejé en la misma mesita con ruedas.
Sumergida de pleno en aquella inmensidad anodina oí de fondo
cómo picaban a la puerta. Entró sin esperar respuesta mi madre. Llegaba del
trabajo y aunque sólo disponía de una hora antes de tener que volver a la
oficina, quería ver cómo evolucionaba su marido. Le acarició mientras él
dormía. Y allí, tratando de hacerme más llevadera la mañana, se pasó casi la
hora entera charlando de cualquier cosa conmigo. Se despidió de nosotros
prometiendo volver por la tarde. Me dejó en el sofá los mismos crucigramas que
ella rellenó la noche anterior y se fue.
Las siguientes horas las pasé pensando en mi madre. En cómo
nuestra vida había cambiado. En su fortaleza. Lo cierto es que estaba
destrozaba. Tenía el mismo miedo que yo, y su situación era mucho más
complicada que la mía.
En casa la vida no era mucho más amena. Pasábamos
algunos ratos juntas, pero por mucho que lo intentásemos no conseguíamos alejar
nuestras mentes del hospital. Vivíamos a medio gas entre ambos lugares.
De nuevo por la noche se repetía la misma historia. Aunque
mi progenitor pertenecía cada vez más al mundo onírico.
Pasaron así diez largos días con sus diez terribles noches.
En todas ellas abundaron la medicación, los tranquilizantes y las bandejas
grises. Y mientras nosotras esperábamos que un día mi padre se levantase
recuperado, él pasaba los días tumbado más lejos de aquel lugar de lo que
muchos imaginábamos.
jueves, 16 de enero de 2014
"Autodescripción".
Me gusta la ropa. Me gusta verla toda revuelta, formando una pila inmensa de cientos de colores. Siempre hay más prendas en el suelo de mi cuarto que en el propio armario.
Me muerdo las uñas. En particular, y de un tiempo a esta parte, las del dedo corazón de la mano izquierda. Lo sé, no tiene sentido. Pero encuentro sumo placer en despedazarla, oír el rotundo ¡CRASH! que hace entre mis dientes. Después juego, meticulosamente, a despellejarme el resto del dedo. Y, eso sí, una vez que empiezo ya no paro.
Adoro chupar la tinta de los subrayadores. Siempre sentí curiosidad por experimentar el sabor de los colores. Eso es sin duda, lo más cerca que he estado de lograrlo.
No soporto que la gente arrastre los pies. Pero según el día, yo misma dejo que no se levanten del suelo.
Me ponen nerviosa millones de millones de millones de cosas. Detalles insignificantes, nimios, que no obedecen a ninguna lógica.
Amo, por encima de todas las cosas, a mi infinito desorden. En el fondo de la pila de cosas que vive sobre mi escritorio, suelo encontrar cosas olvidadas, tesoros al fin y al cabo.
Del mismo modo que lo amo, lo odio hasta límites insospechados. Una vez cada cierto tiempo, (una al año no hace daño), me agobia verlo todo tirado. Me pongo a recoger, pero en ese mismo instante ¡Oh, sorpresa! ya no me estresa en absoluto.
En efecto, también soy un poco vaga.
Te habrás dado cuenta, querido lector, a lo largo de este texto, del sinfín de rarezas que hay en mí. Y debo decir a mi favor que me estoy REINVENTANDO. Reinvento la forma de ser desordenada, caótica y maniática. Mejor dicho, reinvento la manera de aceptarlo y saber que es gracias a ello por lo que soy como soy: Un torbellino desastroso.
Me muerdo las uñas. En particular, y de un tiempo a esta parte, las del dedo corazón de la mano izquierda. Lo sé, no tiene sentido. Pero encuentro sumo placer en despedazarla, oír el rotundo ¡CRASH! que hace entre mis dientes. Después juego, meticulosamente, a despellejarme el resto del dedo. Y, eso sí, una vez que empiezo ya no paro.
Adoro chupar la tinta de los subrayadores. Siempre sentí curiosidad por experimentar el sabor de los colores. Eso es sin duda, lo más cerca que he estado de lograrlo.
No soporto que la gente arrastre los pies. Pero según el día, yo misma dejo que no se levanten del suelo.
Me ponen nerviosa millones de millones de millones de cosas. Detalles insignificantes, nimios, que no obedecen a ninguna lógica.
Amo, por encima de todas las cosas, a mi infinito desorden. En el fondo de la pila de cosas que vive sobre mi escritorio, suelo encontrar cosas olvidadas, tesoros al fin y al cabo.
Del mismo modo que lo amo, lo odio hasta límites insospechados. Una vez cada cierto tiempo, (una al año no hace daño), me agobia verlo todo tirado. Me pongo a recoger, pero en ese mismo instante ¡Oh, sorpresa! ya no me estresa en absoluto.
En efecto, también soy un poco vaga.
Te habrás dado cuenta, querido lector, a lo largo de este texto, del sinfín de rarezas que hay en mí. Y debo decir a mi favor que me estoy REINVENTANDO. Reinvento la forma de ser desordenada, caótica y maniática. Mejor dicho, reinvento la manera de aceptarlo y saber que es gracias a ello por lo que soy como soy: Un torbellino desastroso.
La noche.
El humo aún no se ha disipado. El cigarro parece disfrutar agonizando. El intenso olor a tabaco lo ocupa todo.
Los ronquidos de ella, a lo lejos, se confunden con el llanto de un vagabundo.
La relativa tranquilidad vuelve a cubrirlo todo, como cada noche. Cuando los rayos del Sol se entremezclen con su pelo, volverán el tedio y los gruñidos.
Palpita en mi pecho un quizás hondo, un quizás ficticio. Enmarañadas las palabras dando vueltas por mi mente.
Tristes las baldosas que chirrían pesarosas.
De nuevo sus ronquidos. Ahora parecen gruñidos de alimaña. Aprecio el tic tac del reloj de cuco.
Ya son las tres. La madrugada siempre me arropa con su manto. Parece mentira que, siendo mi amiga, se ría burlona de tan aciago insomnio.
Cierro los ojos. Saboreo la menta de mi pasta de dientes.
Tabaco, ronquidos. Eso es todo.
Los ronquidos de ella, a lo lejos, se confunden con el llanto de un vagabundo.
La relativa tranquilidad vuelve a cubrirlo todo, como cada noche. Cuando los rayos del Sol se entremezclen con su pelo, volverán el tedio y los gruñidos.
Palpita en mi pecho un quizás hondo, un quizás ficticio. Enmarañadas las palabras dando vueltas por mi mente.
Tristes las baldosas que chirrían pesarosas.
De nuevo sus ronquidos. Ahora parecen gruñidos de alimaña. Aprecio el tic tac del reloj de cuco.
Ya son las tres. La madrugada siempre me arropa con su manto. Parece mentira que, siendo mi amiga, se ría burlona de tan aciago insomnio.
Cierro los ojos. Saboreo la menta de mi pasta de dientes.
Tabaco, ronquidos. Eso es todo.
El cambio.
CAPÍTULO I
Titilaba, a lo lejos, un triste alcornoque. El aire movía
sus hojas y chocaba con vigor contra las ventanas de aquel gris hospital.
Siempre me había preguntado, al pasar junto al aparcamiento
de cualquier clínica, qué tipo de patología sufrirían los propietarios de los
cientos de automóviles que dormían impacientes sobre el asfalto.
Las ventanas lucían. Como gritándole al mundo las historias
de sus fugaces ocupantes. Y mientras tanto, al otro lado de la carretera, los
coches pasaban impasibles, veloces. Obviando tan evidente llamada.
Yacía sobre una cama gélida mi padre. Sentada junto a él, mi
madre. Ambos parecían alejados del mundo que les rodeaba. Habían creado, sin
darse cuenta, un universo paralelo. Por desgracia, el suyo estaba cargado de
tristeza.
Los ojos de mi padre lloraban sin lágrimas. Miraban al
infinito, como si quisieran volar mucho más lejos de lo que su ajado cuerpo podía
permitirse. Los médicos aseguraban que era imposible que mi progenitor
recordase en unos meses, todo lo que estaba sucediendo. La idea, por supuesto,
me horrorizaba. Temblé durante unos segundos al oír a mi madre susurrar tan
mala noticia. Lo hice aún más, al comprobar que aquel nuevo hombre, tumbado
sobre la cama, conseguía con pasmosa facilidad hacer caso omiso a todo cuanto
sucedía en la habitación.
Era la primera noche que iba a visitarle. Oscurecía pronto,
demasiado para mi gusto, y las horas en que la luz del sol se negaba a
iluminarnos se prolongaban tanto que resultaba angustioso.
La bandeja de la cena reposaba sobre la mesita con ruedas que había justo a la diestra de la cama. Era gris, como todo en aquella prisión curativa. Sonreí con desdén cuando leí, escrito a mano sobre el papel con el menú, el nombre de mi padre. Quise pensar que este detalle era un intento por humanizar más el duro trance. Lo cierto es que estaba segura de que no era sino una manera de distinguir a qué habitación debían llevar aquella montaña de comida insípida.
La bandeja de la cena reposaba sobre la mesita con ruedas que había justo a la diestra de la cama. Era gris, como todo en aquella prisión curativa. Sonreí con desdén cuando leí, escrito a mano sobre el papel con el menú, el nombre de mi padre. Quise pensar que este detalle era un intento por humanizar más el duro trance. Lo cierto es que estaba segura de que no era sino una manera de distinguir a qué habitación debían llevar aquella montaña de comida insípida.
Por suerte no había compañero. La verdad es que prefería
vivir la enfermedad de mi padre de una manera íntima y personal. No quería
intrusos que pudieran robarme tan trágico recuerdo.
Les miré. Ella hacía crucigramas. Él miraba sin demasiado
interés un programa de la televisión. Me senté de manera sigilosa frente a
ellos, en aquel incómodo sofá. Les contemplé durante unos segundos, aceptando
la abismal caída. Supe entonces que sería la primera noche de muchas.
Reí, reí todo lo alto que pude, de una forma tal vez
forzada. Tratando de irrumpir por un instante en los pensamientos de mis
progenitores. -¡NO ESTÁIS SOLOS! gritaban mis carcajadas. Y de alguna manera,
ambos supieron comprenderlo.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Y si este dolor...
Y si este dolor se queda conmigo, que sea para siempre. Que me haga sentir humana, viva. Que poco a poco haga florecer en mi alma capullos de amapola.
Y si este dolor marchita mi jardín, que no pierda la esperanza. El sol iluminará aquel suelo colmado de lágrimas y de nuevo brotarán mis flores rojas.
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