jueves, 29 de octubre de 2009

desdichada..


Me parece semajente a los dioses

aquel hombre sentado frente a tí

que te escucha absorto

mientras hablas con dulzura

y sonríes encantadora, lo cual a mí

el corazón en el pecho me arrebata

en cuanto te miro, y ya no puedo articular palabra

al punto la lengua se me espesa

y de pronto un sutil fuego me recorre por dentro

mis ojos se nublan, los oídos me zumban

me baña un sudor frío y me estremezco

de la cabeza a los pies,

se me demuda el color, y al borde de la muerte

me siento, desdichada de mí.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Es tan pequeña y sueña tanto...


Es tan pequeña y sueña tanto... pero odoro su sonrisa. Su dulce y picarona mirada, su vocecilla al decir que me extraña.


Cierros los ojos y este olor a tristeza que llena mis pulmones me recuerda a tí.

Tú, que borraste de mi mirada aquel dolor con el que cargaba desde hacía tanto, con una simple palabra...

Pasado un tiempo comprendí qué es lo que tienes: Eres tan niña, tan chiquitita y frágil, que parece que el mundo te queda grande, que tus alas aún permanecen ilesas intentando volar alto, procurando rozar el cielo con uno de tus finos dedos. Eres un gran huracán de emociones. Estar contigo es arriesgarse a sufrir y reir al mismo tiempo, pero es realmente hermoso contemplar esos ojos verdes, intensos, y paradójicamente llenos de fuerza. Admiré eso de tí desde el primer momento. Tu valentía, tus ganas de agarrarlo todo y luchar por un instante, la falta de miedo en cada paso que das, la firmeza al gritar mi nombre. Se me hizo difícil no quererte, no recordar tus lágrimas rozando despiadadamente tu tersa y pálida piel al decirme adios, no venirme abajo cada noche al hablar contigo, no decir que te amaba y que daría mi vida por un último beso tuyo. Intenté no llorarte, no ilusionarme contigo... ¡ERAS SOLO UNA NIÑA! Una niña pequeña que soñaba tanto.... Pero me resultó imposible. ¿Cómo no amar a mi angelito? Grité de rabia cuando se amontonaron en mi mente las frases que decías cada domingo. Especialmente esta: Gracias a que soy tan niña y sueño tanto.... aún no te he olvidado.

Repliqué rápidamente que nuestro amor era solo eso, amor puro y simple, libre. Pero de nuevo añadiste algo que me hizo pensar. Dijiste con la dulzura que te caracteriza: Es puro y libre porque lucho por él, porque impregno mi esencia en cada gesto, en cada instante. Si fuera por tí este amor sería rudo.

Mil palabras agrupadas en mi mente, mil momentos, mil miradas. Me odié por dejarte ir, por permitir que solo fueras un recuerdo. Y supe que me había fallado. Daba igual lo lejos que estuviera, lo tierna e inesperta que fueras... Me querías con toda tu alma. "Deja de pensar que todo es presión sobre tí, y simplemente sonríe porque tienes a alguien dispuesto a tirar de tí eternamente." Dijiste. Y tus palabras fueron humo, humo blanco que voló ligero, lejos, demasiado lejos para comprenderlo.

He comprendido, cariño, que tenías razón, nunca supe vivir. Calcularlo todo, evitar las sorpresas y la efusividad siempre enfrió mi alma. Eso me gustaba de tí. Eras libre... libre para amar de un modo distinto, para hacer que dependiera de tí sin necesidad de rozarme, libre para sonreir, para elegir y equivocarte.

No llegué a decirte a penas nada de lo bueno que veía en tí. Suponiendo absurdamente que lo sabías todo, olvidé susurrarte que te añoraba, que te quería, que siempre serías mi vida. Y dejando el tiempo pasar entre promesas, obviaste mi nombre harta de batallar.

.

..Vuelve pequeño ángel, vuelve.... Regresa a soñar conmigo, cuidame en mi camino con tus alas, o simplemente abrazame... pero quédate junto a mí.

jueves, 15 de octubre de 2009

Para tí, dulce niña mía...


Y cuando cierres los ojos y sea la luz clara y pura de la luna el único resplandor al que seguir... cuando sea su voz el llanto eterno y no quede más que el humo que se va... será entonces cuando entiendas el dolor que ella sintió, el color de cada lágrima enjugada, la paz del suspiro eterno que voló.

***

Ángel dulce y descuidado, que proteges con tus alas mi existir... cuida atento cada paso y ten la certeza de que un día moriré junto a tí. Si he mirado tu sonrisa entre las sombras, he secado cada lágrima y sufrir... Convertí cada sueño en mi vigilia, grité por tu amor, MORÍ... pero cada mirada tuya, cada gesto, cada olor, me devuelve a la vida de nuevo, olvidando mi tristeza, mi vergüenza, mi dolor. Quizás sea cierto, cariño, y el veneno inunde tu ser, y aún sabiendo que caigo hacia el vacío... ¡NO ME IMPORTA! Pues tu cuerpo volará a mi lado, cuando torpe e insegura como soy, no me quede más que despedirme, ni más recuerdo que tu amor.
Omara: Solo voy a decirte dos palabras, y con eso será suficiente: TE QUIERO!

domingo, 4 de octubre de 2009

Olvidate de mí


Hace poco vi una película que me ecantó, especialmente una parte. Tanto es así que me gustaría poner aquí el diálogo que más me llamó la atención, espero que os guste:


-De verdad, vayamonos, tengo que volver en coche con mis amigos.
-Pues vete!!
-Y lo hice, pensé que quizá estabas chiflada pero eras excitante.
-Ojalá te hubieras quedado!
-Yo también lo desearía, ahora desearía haberme quedado y haber hecho muchas cosas.¡oh vaya, ojalá… ojalá me hubiera quedado, en serio.
-Pues yo cuando bajé ya no estabas.
-Me fui, salí por la puerta.
-¿Por qué?
-No lo se me sentía como un niño asustado, y no se, me ví con el agua hasta el cuello.
-¿estabas asustado?
-Sí! Creí que ya sabías eso de mí. Volví corriendo hacia la hoguera intentando vencer en mi humillación, creo…
-¿fue por algo que dije?
-Sí. Dijiste: PUES VETE! Con mucho desdén… sabes?
- Ahhh… lo siento.
-No importa.
-Joel!!! Y si esta vez te quedaras?
-Salí por la puerta…. No me queda ningún recuerdo.
-Vuelve y al menos inventa una despedida, finjamos que la tuvimos.
-Adios Joel…
-Te quiero

Se despide un genio


Comentario de texto I: “Se despide un genio.”

En este texto el autor, Gabriel García Márquez, trata de reflexionar sobre lo que probablemente ha sido su caminar por la vida. Y es entonces, cerca de la muerte, cuando llega a comprender lo equivocado que ha estado en muchas ocasiones.
Asume que con frecuencia utilizamos nuestros pensamientos de una forma erronea, transmitiéndolos a los demás sin ningún tipo de consideración, de un modo brusco, o sin tener en cuenta los sentimientos de aquellos a quienes se lo decimos. Entonces llega a la conclusión de que si tuviera una segunda oportunidad cambiaría eso. Pero también asegura que no por ello dejaría de ser fiel a sus pensamientos, simplemente, buscaría una forma de expresarse por la cual nadie resultura herido emocionalmente. Estoy de acuerdo con esto. Recurrimos con demasiada frecuencia al egoismo. Nos creemos en todo nuestro derecho cuando sin pensarlo dos veces decimos algo, pero en contadas ocasiones tenemos en cuenta las emociones de los demás. Esta parte del texto me hace pensar en otro que leí hace tiempo, decía que cuando tienes un pensamiento, o una información sobre alguien que sabes que va a hacerle daño, quizás lo mejor no sea decirlo, sino callarselo. Utilizaba una metáfora que me gustó: las 3 barreras. No recuerdo con exactitud cuales eran, pero se que a grandes rasgos trataba de hacernos recapacitar sobre lo que he dicho antes. Si no tienes la certeza de que lo que vas a decir es verdad… mejor no lo digas. Si no va a aportarle nada bueno a la otra persona, omitelo. Y si finalmente ninguno de los dos va a obtener un beneficio de ello, está claro que lo más adecuado es olvidarlo.
¿Para qué decirlo todo sin pensar nada? Realmente es algo inútil. Quieres a alguien, y sin embargo cuando tienes una idea que puede resultar dañina para esa persona, sin dudarlo lo dices. Tal vez esto sea uno de los tantos defectos que tenemos los humanos. Para no ser heridos pisoteamos a los demás, aún tratándose de un amigo, una pareja, un familiar… anteponemos nuestro dolor al suyo, dándole un valor excesivo a todo lo nuestro, y demasiado poco a lo de los demás. Lo peor no es que sea un defecto, algo que seguramente nos viene dado de serie… sino que acabamos por acostumbrarnos a esto, y dejamos de considerarlo algo malo, en realidad dejamos de considerarlo. Es normal tener defectos, pero no lo es tanto resignarse a ellos. Y menos aún, tener que llegar a situaciones como estar cerca de la muerte, para comprender que esta actitud servirá de poco. Nos acostumbramos a ello, del mismo modo que nos hacemos a la idea de que todo en la vida tiene únicamente valor económico, dejando a un lado, lo que es frecuentemente más importante: EL VALOR EMOCIONAL. Todos podríamos vivir con un mínimo extremedamente pequeño de dinero, pero sin embargo creo que pocos podrían vivir sin un recuerdo, algo que les haga volver a un instante feliz. He observado que incluso los mendigos que viven sin tener prácticamente nada, llevan consigo (casi todos) una foto o algo parecido. Simplemente un vínculo con un momento que no querrían olvidar. Una caricia, un beso, una sonrisa, incluso una palabra, son casi siempre mucho más importantes que el dinero. Pero nuevamente nos moldeamos hasta darle demasiado valor a lo material, y demasiado poco a lo sentimental.
Pasamos por la vida demasiado distraidos, perdiendo, como dice Márquez, segundos de luz constamente. Y seguramente cuando pasa el tiempo, acabas por añorar lo que no hiciste. Esos segundos de luz que te perdiste, o que probablemente obviaste, demasiado ocupado en…. A saber qué. Entonces resulta muy fácil echarse las manos a la cabeza y pedirle a Dios que te devuelva lo que no quisiste, y muy complejo darse cuenta de que somos nosotros mismos los verdaderos culpables.
Este escritor hace alusión a otro “gran defecto” que también me llama la atención, dice: “Me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto no solamente mi cuerpo, sino mi alma.” ¿Cuántas veces nos ponemos una máscara para que los demás no puedan hacernos daño? Y es curioso, en lugar de ocultar lo malo y tratar de corregirlo, suele estar en la superficie de este antifaz todo lo que puede llegar a hacer daño. Porque claro, si quieres evitar sufrir lo más lógico es mostrar lo bueno, luchar por mejorar lo malo… Pero quizás eso resulte muy difícil, y tomamos una decisión: Ir por el camino más corto. Así si yo soy borde con los demás, nadie se me acercará, nadie me conocerá, y por lo tanto nadie podrá hacerme daño. Se que lo mejor sería “desnudarnos” ante la vida, pero aún teniendo claro que debería ser para nosotros una prioriodad, soy consciente de que es algo difícil de conseguir. Al igual que lo es olvidar el odio. Un sentimiento tan fuerte, tan dañino, no para el odiado que por lo general ni se da cuenta, sino para el que odia. Que acabará por pasar su vida preocupándose de malos sentimientos, y dejando de lado lo que debería cultivar. Estar siempre dispuestos a darlo todo por los que nos rodean, porque ciertamente ellos lo merecen. Y no solo por lo bueno, también por lo malo. Porque quizás sea necesario siempre un punto de inflexión entre el bien y el mal. Me explico: Dice el autor: “Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas y el encarnado beso de sus pétalos.” Y quizás lo interprete de una forma equivocada, pero para mí eso significa que no todo lo malo es tan malo, que llega a ser necesario. Necesitas sufrir para valorar lo que tienes, aunque no debería ser así. Igual que no podríamos sobrevivir en un día constante, ni en una noche perpetua. Tampoco podríamos hacerlo siendo constamente buenos, llenos de virtudes, o malos, horriblemente maléficos. Todo está bien en equilibrio, o así lo creo yo. Quizás para amar debes saber odiar. Y sí es cierto que deberíamos estar con nuestros amigos, dispuestos siempre no solo a la felicidad, sino a un dolor que tarde o temprano deberás sentir. De nuevo esto me hace reafirmarme en mi teoria de que el bien y el mal que siempre van de la mano, se necesitan el uno al otro.
Dice también Gabriel, que no envejecemos y dejamos de amar, sino que envejecemos cuando dejamos de amar. Creo que tiene razón, vivimos movidos por sentimientos, unos más fuertes y otros menos intensos. Siempre con la ilusión de algo que llega: un amor, una amistad… Si perdemos eso ¿para qué vivimos? Sin ilusión, esperanza… Perderíamos la vitalidad, esa luz en los ojos cuando esperamos que todo salga bien, cuando amamos. Esa curiosidad por todo lo nuevo, y ese sentimiento de libertad, de no tener límites, porque somos capaces de sentir. Libertad que puede hacernos volar, reir, llorar, caer, levantarnos o permanecer en el suelo… Pero siempre como consecuencia al amor, amor por la vida. Una vez perdido esto, el sentido de la vida perdería fuerza, y finalmente envejeceríamos.
Todos los padres tienden a darnos alas desde pequeños. Primero unas alitas de juguete, que sirven para revoletear sin posibilidad de hacernos daño. O intetando siempre que nos caigamos lo menos posible. Al principio estamos muy contentos con estas alas, ya ves… tener libertad siempre será algo impresionante. Pero tienes también los pies atados. Por tu bien, por supuesto, pero atados. Y esa sensación de libertad se reduce, aunque continua siendo grande. Creo que eso bueno. Dar la posibilidad a un niño de aprender por sí solo, pero poniendole “cadenas” en cierto modo, pautas, que sin lugar a dudas acabará por aprender a quitarse esas cadenas y saltarse las pautas, en busca siempre de más libertad como si esto fuera algo únicamente bueno. Pero ¿qué sería de nosotros sin un camino marcado, recomendado, que seguir? Seguramente todo nos quedaría grande, porque en nuestro diminuto cuerpo, no cabe el mundo entero, no cabe la experiencia imposible de adquirir hasta pasado mucho tiempo, ni la razón en ocasiones. Y esto derivaría en algo malo, un sentimiento de inferioridad, porque anteriormente nadie se detuvo a guiarnos. Por eso no estoy de acuerdo en dar alas y dejar que aprendamos solos. También pienso que estas alitas ligeras en principio, acaban por pesar con el tiempo, y sin duda se añora la tranquilidad de las cadenas. Esto me hace pensar que tendemos a tener una idea de la libertad equivocada. No es siempre algo bueno, y muchas veces huimos de ella. Libertad para tomar decisiones, pero cuando debes tomar una importante tu alma grita, y corre asustada.
Es para mí el hombre un ser que aún teniendo cinco sentidos, camina por la vida sin ninguno de ellos. Se limita a andar, a trabajar, a luchar por llegar a un límite. Con el tiempo nos olvidamos de soñar, y es este pequeño detalle el que nos va cegando más y más. No hay una utopía, un ideal que conseguir, solo hay que caminar para llegar un día a ver el último aterdecer, y nuevamente el hombre se resigna a sus defectos. Agacha la cabeza y prosigue con su paso ligero, sordo, mudo y ciego. Hasta que finalmente, cuando ya descansa sentado en el fin de su sendero, se da cuenta de lo hermoso que es todo lo que dejó atrás. Y comprende el sentido de vivir. Pero nuevamente es tarde. Piensas entonces que fuiste orgulloso, egoista, maleducado, triste e indiferente. Que te escondiste tras una coraza, y que guardaste tu esencia en la almena más alta de un castillo perdido. Que por tener una fortuna, dejaste a un lado la que de verdad importaba, y que no le diste valor a aquella palabra que te dijeron, ni a aquella carta que recibiste, porque estabas inmerso pensando en el día que todo llegara a su fín. Te lamentas cuando descubres que no dijiste te quiero cuando pudiste, y que quizás por culpa de esto esas personas ya no están a tu lado. Comprendes que siempre creíste que habría un momento en el que podrías apartarte del camino un rato, y VIVIR, pero ese momento no llegó, ciertamente TÚ te encargaste de que no llegara. Y allí, en tu lecho de muerte sollozas, porque nadie te recordará, ya que la coraza impedía que vieran tus sentimientos y escucharan tus pensamientos. Si es que finalmente, somos solamente el polvo de un recuerdo, y comprendes, al final que el tuyo voló demasiado lejos hace mucho tiempo. Recuerdas imágenes que pasan rápido por tu mente: aquel padre que le tiende la mano a su hijo recién nacido, y este la agarra, devolviendo la ilusión a su alma. Un gesto siempre tan pequeño, tan insignificante, y tan lleno de significado… Que llega a darle la vida, con tan solo un apretón de dedos. Esa vida que egoistamente convertiste en frívola, sin dejar pasar al sol, congelando cada sentimiento bueno, reprimiendo cada sonrisa. Y únicamente queda pedir, otro pedazo de vida.

sábado, 26 de septiembre de 2009

más que suficiente.


La luz de aquel amanecer se posó sobre sus ojos, ella los abrió lentamente. Se levantó de la cama, y cuidadosamente se acomodó el pelo. Hacía tiempo que no sonreía. Un mechón casi rubio tapaba su ojo izquierdo, y sus labios de un rojo intenso contrastaban con su piel, tan pálida que parecía una muñeca de porcelana. La rutina llamaba a su puerta aquella mañana de otoño, y quizás en otro momento habría refunfuñado, pero se sentía bien. Aquel sol ya no lucía tan intensamente, pero aún calentaba su piel, y el viento entraba jugando por su ropa. Eso sumado a todo lo que le había ucurrido de unos meses a ese punto, resultaba suficiente para sonreir.

martes, 22 de septiembre de 2009

Impotencia. Rabia. Dolor. Y otra vez faltas tú.

Esta noche no te toca. Tu camiseta está en el rincón donde guardo los malos recuerdos cuando solo deseo olvidar.

Te confundes cuando dices que me entiendes, no te molestas ni tan siquiera en recordar mi mirada, en navegar en sus profundidades en busca de lo que realmente habita en mí. No tratas de conocerme, solo de no hacerte daño.

Te equivocaste de persona.

He dado por tí mil instantes, segundos de una vida recién estrenada que pasan volando, desperdiciados tal vez, buscando tus labios de nuevo.
Sabes que te amo, pero es tan fuerte el dolor que has provocado en mí, tan clara y concisa mi voz gritando de rabia... que no tengo claro ni uno solo de mis pasos.
Dices que vas a llamarme, que esta vez será diferente. Pero dime, ¿qué es lo que vas a cambiar? ¿Tu forma divertida de tocar mi alma? ¿Vas a meter cada lágrima en un vaso de cristal? No puedes devolverme mis noches a oscuras, agarrada tan solo a tu recuerdo. Ni abrir mi cabeza para sacarte de allí. Y aunque jures que soy yo todo lo que siempre has necesitado... ya me he cansado de ser tu Luna. Esta noche, sin duda, no verás ni uno solo de mis rayos.

Ya no me sirve de nada mirarme al espejo recordando tus caricias, y si pudiera arrancarlas de mí, seguramente lo haría en este instante. Ya no importarían tus promesas, esas que gritaste una y otra vez, haciendo mucho ruido, pero como casi todo lo que llega de este modo, acabaron por quedar en simples voces. Tampoco sería relevante tu forma de besarme, apretando primero suave tu boca contra la mía, y dejando que mis labios, infinítamente más finos que los tuyos, se perdieran con tu lengua. Porque no quiero dejar de ser lo que soy. Me gusta la calidez con que acojo lo que viene, sin preguntar por qué está en mi vida, aceptando que es algo bueno y que debo cuidarlo. Mi sonrisa despreocupada, mi forma probablemente alocada e impulsiva de amarte. Mis ojos cristalinos al pensar en tí. Me gusta ser la niña que trata de ayudar, simplemente porque le importa la felicidad del otro. Odio sin embargo, que trates de cambiarme. Queda atrás la sonrisa inocente que dibujaste en tu cara aquellos días, y ya no te importan mis lágrimas, no procuras evitarlas, ni me das la mano prometiendome volver.

TU DOLOR, TU SUFRIMIENTO, TU DOLOR DE NUEVO... todo lo TUYO es inmenso. Es como si solo lo malo ocupara tu vida. Y finalmente fuiste tú el que dejó que todo se acabara. Te quise desde el principio, y no he dejado de hacerlo. Pero es necesario algo más para estar bien con una persona. Esa es la parte que falla. Tu sensibilidad, el empeño en valorar y comprender los pequeños detalles, tu paciencia... todo eso lo has borrado. Sinceramente, me toca apartarme. Tu frívola lengua pronunció palabras demasiado hirientes, y no seré yo la que te llore otra vez. No me sentiré minúscula a tu lado otra vez, no esperaré una simple palabra, no valoraré lo que haces, ni olvidaré lo que NO HACES, porque llegado este punto considero que no merezco sufrir más. Intentando ser lo mejor para tí, dejando a un lado lo que me importa, tú conseguiste todo lo contrario.

Impotencia. Rabia. Dolor. El más intenso que he sentido hasta ahora. Y otra vez faltas tú.

¿Dónde estás cuando más duele? ¿En qué ocupas el tiempo, solo en agobiarte? ¿En recriminarme quererte, únicamente por miedo a que te quede grande? Todo lo que amo de tí, ¿dónde está cuando te enfadas?
Finalmente esperaré tu llamada, pidiendo a voces un argumento a tiempo, algo que me haga creer de nuevo, que luchar por tí merece la pena. Porque te quiero.