martes, 25 de enero de 2011

Metamorfosis.


Entonces sentí el corazón palpitar cargado de energía, como intentando salirse del pecho, lleno de énfasis, ilusión. Una mezcla imposible de describir.
Había esperado tanto tiempo aquel reencuentro que casi me corría por las venas su nombre. Sus ojos, dulces y tranquilos tenían un matiz más rudo. Ahora era en verdad un hombre. Cuerpo atlético -se notaba el gimnasio-, pelo rizado y de un color similar a la miel. Su piel tostada desprendía aquel olor inconfundible; Era él.
Ciertamente no fue un reencuentro de ensueño, no hubo melodía dulce acompañando a su voz, pero aquel sentimiento acrecentado por el tiempo hizo de un día cualquiera algo especial. No necesité palabras, ya lo sabía todo. Y quizás algo más madura comprendí que subido en un autobús de regreso a casa fue atando una cinta invisible de mi corazón al suyo.
Respiré. El aire me quemó los pulmones. Hacía frío. Nada que ver con el caluroso agosto en el que me dijo adiós. Reconté los insultos que le había dicho, y los que por respeto me callé, las veces que le eché de menos y las noches en las que quise poder escaparme a verle. Me arrepentí de haberle odiado por momentos, y mirándole a los ojos supe que tenía razón cuando le dije que él había sido una de las mejores cosas que me pasaron en la vida.
Porque me había demostrado día a día durante un año, que es posible querer a más de 200 kilómetros de distancia. Logrando en momentos oscuros hacer de lo minúsculo algo inmenso. Procurando siempre, a su manera, hacerme feliz. Entendí que aquel amor de verano no murió sino que por el contrario, sufrió la metamorfosis más hermosa que jamás he visto.

viernes, 7 de enero de 2011

Un alga más.


Aquella ola fue suficientemente intensa como para arrastrarla, y aunque el oleaje era más bien suave que bravo la muchacha terminó rebozada entre la arena como un alga más llevada por la corriente.
A lo lejos sólo un chico joven, moreno, de ojos verdes. Sonrió intensamente antes de ir a socorrerla, y risueños jugaron a tomarse como un chiste aquella situación.
Afortunadamente para ellos, para su amor, no pasaban demasiadas personas, y los dispersos peatones eran discretos caminando a un paso ligero al encontrarse con la estampa.
Sonrojada le pidió que se marcharan, y sus pasos se perdieron en el infinito como si sólo fueran aire jugando con la arena húmeda.
-Te quiero,-Dijo él-y estás preciosa.
Sus palabras rompieron el aire que sutilmente comenzaba a enfriarse, y se grabaron de algún modo en aquel paisaje veraniego. Sólo suyo, de los dos.

viernes, 24 de diciembre de 2010

El asesino de la rosa.


Sus ojos azul cielo iluminaban la ciudad con mayor intensidad que el mismo sol. Su pelo, de un tono similar al trigo, podría alimentar sólo con su olor a cualquiera.
La oscura mañana londinense aportaba a su rostro un tanto de misterio, y una pizca de rudeza. Las aceras mojadas parecían infinitas, y en el aire se respiraba un inegable aroma a muerte y desesperación.
El misterioso hombre, tapado con una gabardina negra y un sombrero, se fundió con la oscuridad, como diluyéndose entre el agua.
Horas más tarde un grito seco e intenso como ninguno interrumpió la paz de la ciudad. Junto a la fuente, tendida sobre el suelo, una mujer totalmente desnuda y con una rosa roja en la boca. La sangre oxidada adornaba su cuerpo, y aquella melena larga y rizada, de un tono anaranjado, la hacía realmente hermosa. La gente, espectante, jugaba temerosa a adivinar quién podría haber cometido semejante crimen. Pero la falta de pruebas hizo imposible encontrar un culpable.

El reloj marcaba las 00:00 y los vecinos de los barrios más lúgubres de la cuidad, temían que "el asesino de la rosa" atacara nuevamente en la oscuridad de la noche.
Pasaron dos meses hasta que una nueva víctima apareció en las calles. Esta vez colgada de un árbol, desnuda y con la rosa roja prendida en el pelo. Se trataba de la hija de la panadera, bella a la par que pobre y miserable. El caso fue cobrando popularidad, hasta el punto de que en todo Londres se hablaba de aquel sanguinario hombre que mataba sin piedad, dejando sobre sus víctimas un último regalo: una rosa roja.
-No cabe duda- dijo el pescadero.- El olor a putrefacción cubre todas las calles. En cualquier momento, en cualquier lugar, alguien caerá nuevamente.
Y los debates fueron intensos y muy variados. Hasta aquella noche, cuando las pisadas de un hombre esbelto, de mirada profunda y gran misterio, se mezclaron sigilosamente entre las del resto de la gente. Seguía con cautela a una chica refinada, blanca como la nieve, que movía las caderas al son de una melodía imaginaria. Cada paso se acercaba más. Incluso podía oler aquel aroma tan intenso que desprendía su pelo. El deseo de llevar a cabo sus intenciones aumentaba más y más a cada instante, hasta inyectar sus ojos de una penetrante ira. Una vez hubo llegado a una calle vacía la agarró por la cintura acercando sensualmente los labios a su cuello, y tras amordazarla y contemplarla lentamente se divirtió jugando a atemorizarla. Le pasó un afilado cuchillo por su tersa pierna, rajando parte de su piel, después escribió en su espalda un extraño mensaje y cuando aquel juego comenzó a aburrirle clavó sin más dilación su arma en el pecho de la joven. Sacó en ese momento una rosa realmente hermosa de su gabardina, y la depositó sobre su pecho con ternura escapándose nuevamente con paso firme y altanero. Los ojos de la joven miraban al firmamento como si tratasen de escaparse junto con su alma, procurando no haber presenciado aquel terrible acontecimiento.
El estrecho sentimiento de angustia, era igual en todos los habitantes de la cuidad, y el temor embriagaba a las más jóvenes.
Pasaron meses, incluso años, y el número de víctimas continuó creciendo como si el asesino cobrara algún tipo de venganza con la sangre de la gente. No fueron pocas las personas a las que asesinó, llegó el punto en el que su coraje y su falta de escrúpulos se convirtieron en una leyenda conocida por todo el mundo. Lo cual incremento el pánico.
Ninguna de las medidas que había tomado el alcalda estaba resultando efectiva, y viendo la decadencia del pueblo una mañana apareció colgado en su despacho. No se despidió de nadie, pero todos supusieron que no hacían falta más palabras. El luto por cada joven se unió al intenso dolor por la muerte del alcalde.
Las familias comenzaron a marcharse. Dejaron sus casas tal y como estaban, y sin nada en el bolsillo huyeron de la amenaza que rondaba por la cuidad londinense. Reinaron durante años el desasosiego y la angustia.
Una vez hubo llegado la calma, encontrándose las calles prácticamente vacías, un hombre de unos 40 años, rubio y de ojos azules, se internó en el bosqué una mañana, tranquilo, como si nada le preocupara. Se colocó una rosa roja en el cuello de la camisa, dejó caer junto a sus brazos una nota y simplemente se limitó a morir. Respirando el aire gélido de aquel bosque dejó que se lo comieran las fieras, sintiendo con cada bocado el dolor de cada vida apagada en sus brazos.
Esa misma tarde encontraron con el cuerpo la ilusión de aquellas jóvenes, y reinando la paz en Londres todos volvieron a ocupar sus casas. Pues con el cuerpo del despiadado hombre se enterraba el dolor de todos y cada uno de los habitantes de la cuidad. Pero, eso sí, nadie supo nunca nada más sobre la identidad del "asesino de la rosa".

domingo, 28 de noviembre de 2010

En Rusia aún es verano.


Frío polar. Mezquinos soplidos de aire gélido que calan los huesos. Quedan aún tres semanas para Navidad, pero las calles están cubiertas de adornos, luces y juguetes. Niños que miran con ternura y deseo aquel gormiti que tanto esperan. Mujeres que se tocan la cartera suplicando al cielo que no cueste mucho. Y otra vez turrón, polvorones, árboles cubiertos de bolitas que brillan, luces, esperanza, ilusión. Espíritu navideño en mi casa, en la de al lado, incluso en esa que linda con el fin de la ciudad. Pero a unos cuantos kilómetros más aunque el viento sopla del mismo modo que aquí, los huesos rudos y algo desgastados de una mujer se niegan a sentir el frío. Limpia la casa despreocupada, en chanclas y pantalón corto, y cuando alguien le recuerda que llega la Navidad ella mira inquieta el mar deseando sentir otra vez la suave brisa veraniega. Porque en Rusia, es aún el estío el que cubre las ciudades.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El hombre nieve.


Aquel hombre se escondió bajo la nieve, sintiendo más gélida su alma que todo lo que le rodeaba. Suspiró suavemente y se dejó morir. Se fundió con la primavera deslizándose por los ríos y fue alimento para el mundo regalando su esencia sin recibir nada a cambio.

Nadie le hechó de menos. Nadie lloró su ausencia. Y continuó escondido, esta vez en algún rincón del paraiso.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Diciembre.


-¡Qué mala fecha para empezar con alguien!-Dijo la jovial chica del pelo rubio.

-¿Por qué?- Repuso su amiga.

-No sé.... Diciembre. Es más bonito comenzar la relación con el principio del año. Ya sabes... año nuevo, ¡VIDA NUEVA!

-Yo creo que es algo intenso, incluso roza el romanticismo. Gastas los últimos días de un año, de un periodo de tu vida con esa persona especial. Empieza la difícil tarea de conocerle, compenetrarte, ser parte el uno del otro. Y aquel año que caduca es la antítesis del que comienza, pero esa relación es el común denominador de ambos. Podría compararse con el final del otoño, incluso del invierno que todo lo marchita creando una capa de hielo sobre cualquier cosa privándolo de la vida. Y cuando crees que todo está muerto, que aquello termina allí, algo florece de la nada, como intentando poner el toque de luz y color a un sentimiento triste y de soledad. Porque, ¿qué es el amor sino una flor que brota de la nada, de un corazón escarchado incluso congelado? ¿no es una ráfaga de aire caliente en una ventisca fría como ninguna?

-Pero.... pero.... ¡ENERO! Comenzar lo nuevo juntos, ya sabes.-Repuso la atónita muchacha.

-Renovación, esa es la palabra. Y si algo tiene que cambiar estoy segura de que quiero que sea a su lado.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Jalogüin.


El gélido airecillo del otoño se cuela por las rendijas, como precediendo un acontecimiento macabro. Otro 1 de noviembre, otra de esas tardes infinitas, disfraces, música alta y alegría. Cualquier acontecimiento, por siniestro que sea, es siempre bueno para hacer una fiesta. Laca de uñas, un vestido ceñido con el que se te vea un poco más de la cuenta, unos tacones altos y con un par de puntitos pintados en el cuello seguro que tienes éxito a lo largo de la noche. Resulta excitante, el ritmo frenético de la música no cesa, y el sudor corre ligeramente tu pintura, pero no importa. Miradas que se cruzan, deseo que arde en el aire, pasión, tal vez demasiada. Y a la mañana siguiente sólo quedará como recuerdo un roto en tus medias y el ligero sabor del sexo en tu boca.