sábado, 10 de julio de 2010

Mesa para dos.


De nuevo sonaba en la minicadena esa canción de Sabina. Otra vez podía oler con total claridad la comida de cada sábado, paella. La preparaba meticulosamente añadiendo paso a paso cada ingrediente que ella utilizaba. A pesar de que el condimento que más deseara fuera tenerla a su lado. Así parecía engañar a su alma. Ponía la mesa con dos vasos, dos platos, dos tenedores, e incluso comida para dos. Pero siempre comía solo. Hablaba con la silla que había colocado estratégicamente frente a él, imaginando que en ella estaba la alegre y ansiada figura. En cambio allí sólo podía encontrar aire. Un aire malévolo que le engañaba, un aroma casi idéntico al de su paella, y un vacío inmenso sin su sonrisa. Cuando acababa recogía y fregaba sin demasiada gracia aunque canturreando en algún momento la primera canción que se le pasaba por la mente. Y así finalizaba un sábado, para enfrentarse a otro áspero y hueco domingo.

-Odio los domingo, Margot. No me aportan nada. No sé a ciencia cierta si son el primer día de la semana, o el último. No apetece salir, y quedarse en casa es una condena... ¿Para qué sirven entonces esos odiosos días?

Dijo como hablando con esa mujer que sólo él podía ver. Y ella pareció darle una respuesta que le hizo sonreir.

-Tú siempre tan alegre...

Sonrió, se giró para abrazarla sin percatarse de su ausencia. Y entre engaños y miradas vacías sin un destino fijo, voló su esperanza en un asiento de clase media del avión de su imaginación. Al menos por ese domingo.

martes, 6 de julio de 2010

Historia de una estación.


Bajó aquellas escaleras sonriendo, el próximo tren la llevaría a su nuevo piso. Un ático con vistas a un parque con muchos árboles y lleno de vitalidad. Llevaba colgando del hombro derecho un maletín azul oscuro, en la mano una maleta a juego y en con la otra sostenía el billete. Tenía el pelo recogido en un moño deshecho del que se escapaba algún mechón que otro, rizado y rubio. Destacaban con el moreno de su piel y su ropa desgastada. Un pantalón tejano prácticamente roto por todos los lados, una camiseta roja con un hombro caido y un sujetador negro. Estaba nerviosa y totalmente ilusionada. En su espera (llegaba una hora antes) descubrió a un hombre de unos 30 años que no paraba de leer. Parecía despreocupado y estaba sentado esperando, al parecer, el mismo tren que ella. Un sombrero de paja tapaba todo su rostro, y sólo pudo leer el título de aquel libro: "Perdona si te llamo amor." Le llamó la atención que un hombre de su edad leyera ese tipo de novelas, pero dejándolo pasar se quedó allí de pie esperando la llegada de su nueva vida.
En cambio el misterioso hombre del libro y el sombrero de paja tenía la mente demasiado lejos como para comprender una sola palabra de aquellas hojas. -"Asique me deja, se va con un niño de 20 años, sin más. 7 años juntos para esto..."-Pensó. Tomó aire y tras calmarse murmuró en voz baja: -Siempre ha sido una zorra....
Agarró su libro nuevamente para retomar una lectura que sabía que no había comenzado en realidad. Allí se contaba la historia de una niña enamoradiza que se vuelve loca por un hombre que le dobla la edad. Se lo había comprado porque pensó que tal vez así comprendería por qué su novia le había dejado sin dar explicaciones. Y por qué después la había visto de la mano con un chaval que aún tenía granos. Frente a él había una chica pelirroja, no era demasiado guapa, pero parecía inmensamente divertida. Por primera vez desde que Laura le dejó, había sido capaz de sentirse atraido por otra mujer. Llevaba meses saliendo por sitios en los que nada le parecía bien, ninguna chica era de su "estilo" y lo que es peor, su autoestima había quedado tan destrozada que no tenía valor para hablar con ninguna. Pero esta vez sería diferente. Se levantó y sonriendo se sentó a su lado.
Silencio. Un par de risas. Silencio. Pasos a lo lejos. Silencio. Eso era todo lo que se oía en aquella fría estación de tren. En cambio Pablo, un joven estudiante de fotografía se sentía allí mejor que en ningún lugar. Colgaba de su cuello una cámara bastante buena, negra, con una pegatina verde flourescente en un lateral. Se puso a capturar imágenes de esa chica tan atractiva que estaba recostada sobre un cartel de publicidad, de aquel hombre del sombrero de paja que sonreía constantemente mientras hablaba con una mujer pelirroja, incluso de esa chica tan delgada que estaba sentada sobre su maleta azul y que se le antojaba esperanzada. Le parecía que todos tenían una historia que contar, algo nuevo, diferente, lleno de luz y felicidad aplastante. Sonrió y agarrando la cámara le dijo bajito: -¡Qué pena que aún no puedas capturar sus pensamientos! Al terminar de decir esto llegó el tren y en él se marcharon las risas, los pasos que sonaban tan lejanos, e incluso el silencio.

lunes, 5 de julio de 2010

Necrológica.


En su necrológica sólo se habían escrito palabras intensas que dibujaban con tesón y firmeza lo que aquel hombre nunca llegó a ser. Un tipo gris, anodino y tal vez demasiado vacío había sido descrito por última vez con hermosos adjetivos. Más bien había sido reinventando.

Su cuerpo sin vida se encontraba allí expuesto, como en un escaparate. Siempre me pareció cruel dejar al aire libre un cadáver de esa forma, mostrando lo frágil que es en ese momento, dejándole indefenso frente a un mundo que ya no es el suyo. Nunca fue amable, divertido, alegre, dulce, antento o cariñoso.... En cambio todo cambia con una buena necrológica. Porque... ¿cómo describir a un pobre hombre resumiendo su vida a un triste caminar sin música de fondo? Al leer aquellas cinco líneas que le habían dedicado parecía ser maravilloso. Lástima que al conocerle los resplandecientes destellos dorados se trocaran en óxido puro.

Volví a leer aquellas líneas a conciencia, para ver si entre ellas podía encontrar algo de cierto, un mínimo indicio de sinceridad. Y siendo consciente de que hacerlo sólo lograría entristecerme no controlé mi curiosidad:


Hoy, 5 de Julio del 2010 ha muerto Mario, un hombre sencillo pero siempre sonriente, atento con todos aquellos que le habían dado su apoyo en los malos momentos, caballeroso, constante, educado y soñador. Siempre deseó ser un poco más fuerte, y esta noche, al fín, cerró los ojos armándose de valor para poder volar alto en busca de su verdadera libertad.



Rompí ese papel con toda mi rabia y en un arrebato de ira lo tiré sobre el cuerpo aún caliente del hombre que un día se fue de casa dejando a mi madre sumida en una inmensa depresión. El mismo al que yo debería llamar papá. Y recordando lo poco que dejó en mi vida, y el vacío que siempre hubo en la suya, salí de aquella Iglesia sin mirar atrás.

viernes, 2 de julio de 2010

Para Saúl.


Hoy aprovecho mi nueva entrada, no para contar una historia como las que suelo narrar meticulosamente, sino para hacer un puñado de cosas de mayor importancia:

La primera desearte suerte, cariño, en ese examen que te queda y que sin duda pasarás sonriente.

La segunda, (no por ello menos importante) quiero que pienses en mí con cada pasito que des entre los bosques gallegos, porque al final del camino estaré yo, sonriendo y pensando en tí, como siempre.

Finalmente me gustaría darte las gracias por todas las cosas que haces, has hecho y harás por y para mí, porque no sé muy bien si lo merezco, lo que sé a ciencia cierta es que lo tengo.... TE TENGO. Y es realmente maravilloso despertarme sabiendo que en algún rincón del mundo tú pensarás en mí.

Te necesito.
P.D: No te quites importancia, ni a tí ni a tus actos, porque sabes sobradamente que mereces una entrada muchísimo mejor de la que te estoy dedicando. Igual que sabes que pronto la tendrás.

sábado, 26 de junio de 2010

Cuerpo y alma.


Como el recuerdo del juego alegre y despreocupado de un niño, como una piruleta aún sin estrenar, como la esperanza del que sueña. Como una palabra olvidada llena de significado, como un silencio profundo capaz de calar los huesos.... como lo que fuí, lo que soy y lo que seré. Igual que aquella vieja frase: "Es tan importante ser, que hasta para no ser hay que ser algo."
Como la sabiduría de tantos eruditos del pasado... igual que todo lo efímero mi cuerpo se irá. Pero mi alma jubilosa permanecerá para siempre.

El poema más bello del universo.

Palabras que se pierden, que se mezclan con el clamor de los vientos y el suave roce de las hojas que se marchitan y caen con el otoño. Palabras dulces, otras amargas. Palabras a fín de cuentas. Sólo eso. Un sucio papel arrugado que queda tendido sobre el suelo, olvidado en la tristeza de pensar que fue escrito para nada, por una mano inútil que no dice más que tonterías. Sucumbiendo a la evidencia de que aquellas palabras claudicarían con el tiempo, me marché de ese frío y triste lugar. Dejando atrás la pintoresca imagen. Sintiéndome como el viejo papel mojado por la lluvia que moldea su forma por el ulular del viento. Caminando sobre el mismo césped que sirve de cama al que un día fue el poema más bello del universo. Sabiendo que su hermosora, aún estando en el olvido, jamás desaparecerá del alma de aquellos que pudieron contemplarla.

miércoles, 23 de junio de 2010

Espuma.


Contemplé de nuevo ese curioso modo de bostezar que tiene el sol. Aquí, junto a la playa el tiempo parece pasar más lento. Quizás sea el olor a sal, o tal vez se trate de la paz que se siente al cerrar los ojos. Y recuerdo aquella frase: Después de la ola sólo nos quedó la espuma. Así fue, querido amigo, así fue. Rugió fuerte el mar llenando el corazón de esperanzas, y un choque con las desgastadas piedras fue suficiente para frenar la velocidad de aquel agua cristalina. Y finalmente, las burbujas blancas llenaban la tierra arrastrándose suavemente, besando con pasión la húmeda arena, despidiéndose ligeras.

Recuerdo tus ojos, pero ya olvidé su color. Y quizás si te tuviera en frente faltarían en tí todas aquellas cosas que yo imaginé que tenías. Espuma, sólo eso. Como el agua del mar rompiendo, como el aire caliente del sur luchando contra la brisa gélida del norte, como los polos opuestos que se enfrentan bravamente en una pelea constante por mantenerse alejados.... como tú y como yo, cariño, como los dos.

En cambio algo de tí nunca se marcha: el sonido de tu risa. También esto podría compararlo con el oleaje, pero esta vez al romper contra las rocas esa espuma que me dejaba la carcajada, es el olor de tu boca, dulce y juguetón recorriendo cada rincón de mi ser. No se trata de algo efímero que se desmorone como un castillo de arena hecho en la costa por un niño, ya que este lo derrumbará el mar, pero un recuerdo.... nadie ni nada puede borrarlo.

Recuerdo de tí cosas dispares. Algunas con total claridad. Otras, en cambio, de forma borrosa e imperceptible. Todas se enfrentan en la corriente continua de mi mente, luchando por impregnar mi cerebro refrescando mi memoria. Batallando, a fín de cuentas, por agarrarse fuertemente a mí para no marcharse nunca. Pero, del mismo modo que es lo más hermoso ver esa espuma adornando la playa, el recuerdo que queda como una huella ligera, es también un dulce y tierno paisaje en el ventanal de la vida.